Westworld. Los placeres violentos tienen finales violentos

Hace más de cuarenta años, Michael Crichton ya era un escritor de éxito (aunque nada comparado con lo que llegaría a ser cuandoSpielberg decidió adaptar Parque Jurásico un par de décadas después).

Imagen promocional de Westworld (HBO) (2016)

Imagen promocional de Westworld (HBO) (2016)

Hace más de cuarenta años, Michael Crichton ya era un escritor de éxito (aunque nada comparado con lo que llegaría a ser cuando Spielberg decidió adaptar Parque Jurásico un par de décadas después). Se especializó en un subgénero que etiquetaron como techno-thriller, una mezcla de suspense y de ciencia ficción hard, ambientada en el presente y llena de referencias científicas y técnicas reales entre las que se deslizaban las ficticias, lo que las hacía difíciles de distinguir. Un buen ejemplo puede ser La amenaza de Andrómeda, que se basa en uno de sus libros de principios de los años 70.

Pero el caso es que por esa época Crichton también empezó a dirigir películas. Sí, antes de ser un mega-famoso escritor de bestsellers fue director de cine… de sus propias historias o de las historias escritas por otros. En 1973, basado en un guión propio (aunque no una novela), dirigió Westworld, que en España se tituló Almas de metal, y que incluso llegó a tener una segunda parte (Mundofuturo) que ya no dirigió él ni tuvo tanto éxito.

Recuerdo haber visto de niño en la televisión ambas películas, así que para mi son todo un clásico del cine de aventuras. Por lo que se ve durante muchos años el proyecto de volver a hacer Westworld  ha estado dando tumbos por ahí.

De hecho a principios de los 80 incluso se hizo una serie que se canceló después de sólo 5 episodios. Hasta que finalmente llegó la todopoderosa HBO y junto con Jonathan Nolan, el hermano del director además del escritor de Memento o El caballero oscuro, hicieron el remake definitivo.

La idea de la película era sencilla pero original: en un futuro indeterminado pero cercano existe un parque temático que –como Disneyland– recrea de forma completamente realista varios mundos: Roman World, ambientado en la antigua Roma, Medieval World, y West World, ambientado en el oeste americano de finales del siglo XIX, que es donde se desarrolla la historia.

La diferencia con Disneyland es que aquí los habitantes del parque son robots, androides hiperrealistas, no actores, que interactúan con los visitantes (los cuales pagan una entrada exorbitante) de forma violenta y realista pero segura. Hasta que algo empieza a fallar y los androides se rebelan y empiezan a atacar a los humanos. ¿Os suena de algo la idea? Sí, efectivamente, Crichton la reutilizó en Parque Jurásico.

Pues esto es justamente lo que cuenta Westworld, la serie. Pero ahí acaban todas las coincidencias. Sí, el tablero de juego es el mismo, e incluso algunas reglas coinciden, pero Westworld la serie se parece a Westworld, la película, lo que el ajedrez a las damas. Es mucho más rica, compleja, profunda y de desarrollo más lento y reposado. Es aprovechar una buena idea para no sólo hacer una serie de aventuras o un western, sino para plantear un buen lote de dilemas morales.

Thandie Newton en Westworld (2016)

Thandie Newton en Westworld (2016)

Para empezar los androides (los anfitriones como los llaman en la serie) son complejas máquinas con sus propios sentimientos, ambiciones, recuerdos y personalidades… todas falsas, todas pre-programadas, que están atrapados –sin saberlo ni ser conscientes de ello- en un mundo irreal, diseñado y construido ex profeso.

Los anfitriones están condenados a repetir una y otra vez, en bucle, sus historias (las llamadas “narrativas” que diseñan los programadores del parque) para el disfrute de los huéspedes (los visitantes del parque) que pagan astronómicas sumas de dinero por satisfacer sus pasiones (normalmente las más bajas) con los anfitriones.

Como un personaje dice “este parque se limita saca a relucir quién eres realmente en tu interior”. Hay quien viene con la mujer para hacer de turista en el ambiente seguro y controlado de Sweetwater, un pueblo de frontera.

Hay quien viene para jugar el papel del héroe, del “bueno”. Hay quien viene para jugar el papel del malo y poder matar a tiros sin remordimientos y sin riesgos a algunos anfitriones (los anfitriones no pueden ganar nunca, ni dañar a los huéspedes).

Hay quien viene a correrse una juerga con las chicas de “Mariposa”, el burdel del pueblo. Y hay quien viene para recorrer el lado salvaje, alejándose del ambiente más controlado del pueblo para internarse dentro del parque siguiendo narrativas más violentas y salvajes.

La serie no se corta en absoluto a la hora de mostrar sexo y violencia. Es bastante explícita, en particular en lo segundo. En este sentido es curioso, porque eso ya estaba en la película: también se insinuaba que los hombres de negocios ricos que frecuentaban el parque venían para eso, pero  mientras que allí se insinuaba, aquí se amplifica. No hay problema en mostrar que la mayoría sólo viene por “un cuerpo caliente al que follarse o al que disparar” (o ambas cosas).

Y este es uno de los primeros dilemas morales que plantea la serie desde el principio: ¿Hasta que punto es “ético”? Puede que los anfitriones sean reparados una y otra vez y sus recuerdos borrados y vueltos a reescribir. Puede que sean máquinas, pero no lo saben, puede que no sean reales, pero al sheriff al que disparan o a la hija del granjero a la que violan lo sienten como real.

Niño anfitrion en Westworld (2016)

Niño anfitrion en Westworld (2016)

De hecho así empezaba la película y así empieza la serie: dos amigos que llegan al parque, uno de ellos que ya lo ha visitado varias veces, el “golfo” que sabe a lo que viene, y el otro, el “novato”, el “chico bueno”, al que el primero se encargará de introducir y guiar.

Pero como en todos los demás aspectos de la serie, lo que en la película estaba solo apuntado, aquí se encargan de desarrollarlo, y mucho. Quizás esa sea la única crítica que se le puede hacer a la serie: se toma su tiempo. No tiene problema en dedicar capítulos y capítulos a ir desarrollando la psicología de los personajes, y no sólo a base de tiroteos y acción, sino a base de muchos diálogos.

Como en la película, algo empieza a ir mal. Pero mientras que allí el problema se limitaba a que en algunos androides el mecanismo de seguridad que les impedía agredir y dañar a los visitantes fallaba, aquí es más sutil: algunos de los androides (en particular Dolores, la hija de un ranchero) empiezan sospechar que hay algo raro en su mundo, que quizás lo que ella percibe como sueños o como pesadillas, sean recuerdos… de otras vidas o de bucles anteriores, de hecho.

Porque lo que añade la serie es complejidad en las tramas: además de las historias entre anfitriones y huéspedes está la trastienda, el mundo “detrás de la cortina”, donde los del equipo de “seguridad” se encargan de retirar anfitriones defectuosos, los de “personalidad” se encargan de diseñar los caracteres, los “carniceros” de reparar una y otra vez los cuerpos dañados o masacrados, y los de “control de calidad” buscan fallos en el comportamiento, cosas “raras”.

Esta parte es completamente nueva. La historia de Bernard, el jefe de programación de los anfitriones, o la de Lee Sizemore, el “creativo” encargado de las narrativas, ambicioso y un poco endiosado.

Y la historia del enfrentamiento con Theresa Cullen, la encargada de “calidad” que quiere mantener el parque “simple y sencillo” lejos de las alambicadas personalidades y narrativas que crean los del equipo de Bernard, y cuyo máximo objetivo es que los visitantes sigan dejando dinero para la junta de la corporación que posee el parque y que este no se deslice hacia un caos sin guión.

Y por encima de todos está Robert Ford, el gran Anthony Hopkins, el verdadero “Dios” y genio de Westworld, el que lo ideó y creó hace más de 30 años junto con su socio (ya fallecido) Arnold.

Anthony Hopkins y Evan Rachel en Westworld (2016)

Anthony Hopkins y Evan Rachel en Westworld (2016)

Físicamente recuerda un poco al anciano venerable que hacía Attenborough en Parque Jurásico, pero mientras que allí era un viejecito amable, un abuelote entrañable, aquí Ford es simplemente el puto amo, el que maneja todos los hilos y lo controlo todo, más allá de lo que el resto de los personajes (y los espectadores) siquiera se imaginan.

Uno de los personajes más enigmáticos e interesantes es el de Ed Harris, el “hombre de negro”. Un misterioso pistolero vestido de negro que en realidad es un visitante veterano y sádico, hasta extremos insospechados. Recuerda un poco al personaje del pistolero que en la película interpretaba Yul Brinner, pero solo en el aspecto y en lo implacable: allí era un robot “descarriado”, aquí es un visitante sanguinario.

Poco más hay de la película original. Por ejemplo una de las tramas más interesantes, y que corre paralela a la historia de Dolores, es la de Maeve, la madame del burdel del pueblo, que también empieza a sospechar que algo mal, que no todo es tan real como parece.

De hecho esto es otro de los grandes temas de la serie: qué significa realmente ser humano. En una de las sesiones de “ajuste”  a la que someten a Maeve, en lo que podríamos llamar “modo mantenimiento”, Bernard le explica que sus recuerdos son sobrescritos una y otra vez, que aunque tiene cierta capacidad de improvisación, su personalidad y su forma de actuar está pre-diseñada, que aunque crea que puede decidir, no puede, que esa es la diferencia entre ser humano y no serlo, aunque ella crea que lo es, pues es indistinguible para ella, y Maeve le pregunta “¿Cómo lo sabes?, ¿cómo sabes que eres humano?”.



Realmente sobre esto va la serie. Mientras que la película original era más una historia de acción (robots descontrolados atacando a visitantes desprevenidos), la serie es mucho más profunda y trata temas como la autoconciencia, y hasta que punto una inteligencia artificial, cread por el hombre, puede llegar a ser tan humana o más como la del hombre que la creó… y que es necesario para ello. Que le “falta” para alcanzar esa autoconciencia.

Visualmente por otro lado la serie es impecable. La ambientación de western es inmejorable, con esos paisajes desérticos, rocosos y polvorientos que estamos tan acostumbrados a ver en la películas. Pero es que en la parte de la “trastienda” tampoco se quedan atrás: los “talleres”, el proceso de fabricación de los anfitriones, están muy logrados.

De hecho aunque aporta la idea de la impresión en 3D (se ve ya en la escena de los títulos de crédito como parte de los androides son fabricados por este método) no es del todo original, la escena en la que el cuerpo del androide es modelado en una especie de plástico recuerda al hombre de Vitrubio de DaVinci, pero también le debe mucho a la escena de los títulos de crédito de Ghost in the Shell, que ya tiene más de 20 años, la escena del proceso de “shelling” por el que se creaba a los cyborgs.

Fotograma de Westworld (2016)

Fotograma de Westworld (2016)

Además de está llena de metáforas visuales, algunas obvias y geniales, como la omnipresente escena de la pianola del Saloon (que aparece en cada episodio y que no deja de recordad a los anfitriones: realmente parece que el piano toca solo, pero sólo sigue la melodía que está marcada en la cinta de papel) y otras no tanto.

Y tampoco renuncia a la parte de thriller, de suspense, y lo hace gracias a la forma de narrar tan particular que tiene el guión (lo dejo más abajo, para no hacer spoilers). Eso sí, esto no es solo una serie de aventuras, es mucho más profunda y metafísica, así que a quien busque sólo acción puede que le aburra un poco.

En definitiva, francamente una serie notable que puede llegar a crecer mucho a partir de las bases que establece en esta primera temporada.

   <<< ATENCIÓN, SPOILERS >>>  

Decía que el suspense está presente en multitud de enigmas que se van planteando a lo largo de los diez episodios: ¿qué le pasó realmente a Arnold?, ¿quién es el enigmático personaje del pistolero, el hombre de negro?, ¿qué significa eso de la búsqueda de “el laberinto”?,…

Y esto lo logra sobre todo porque la narración no es lineal. A medida que vas viendo episodios primero lo vas sospechado (no puede ser que las sesiones de “ajuste y mantenimiento” ocurran en el mismo orden que el resto de la historia, porque de lo contrario habría cosas que no tendrían sentido) y luego simplemente lo compruebas. Pero aún así en los últimos episodios hay varios giros de guión sorprendentes, algunos de los cuales puedes llegar a imaginarte, pero otros no. Y ahí está la gracia.

De hecho habrá que ver como evoluciona la serie, porque la primera temporada acaba justo donde empieza  el “meollo” de la película original: los anfitriones (un grupo de ellos) se rebelan y atacan a los indefensos y desprevenidos huéspedes (los visitantes), mientras que el personal del parque pierde el control del mismo completamente.

Todo lo demás, toda la primera temporada, no es más que un gigantesco y genial prólogo para esto. Con la diferencia de que mientras en la película era lo que podríamos llamar un simple “fallo mecánico” (en el fondo como en Parque Jurásico), aquí es más “intencionado”, y los anfitriones son conscientes de lo que están haciendo.

Puede que la segunda temporada se centre más en la parte de acción, como hacía la película o como hacía Parque Jurásico. Pero espero que no. O al menos que no sólo haga eso. Pero desde luego, prometer promete.

Seldon.

 

Artículo inicialmente publicado en EL POBRE(CITO) HABLADOR.


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