Todos queremos algo

Cartel de "Todos queremos algo" (2016), Richard Linklater

Pegadme un tiro si estos no son los mejores años de mi vida.

Analizar Todos queremos algo (2016) sin tomar como referencia Movida del 76 (1993) es casi lo mismo que analizar una adaptación sin conocer el material adaptado: es un análisis válido, pero necesariamente incompleto. Salvando las analogías temáticas y el estar escritas y dirigidas por la misma persona –Richard Linklater–, aspectos evidentes que estancarían este texto en la mera identificación de motivos compartidos, lo cierto es que estas dos películas son, en esencia, la misma. La nueva obra del director de Boyhood (2014) se ha vendido como una secuela espiritual de Movida del 76, y esto es cierto si se atiende a las tramas –un servidor se atreve a sugerir que es incluso una continuación de la propia Boyhood–. En la de 1993 se narraba el último día de instituto de un grupo de preuniversitarios; en esta, se filma la llegada a la universidad por parte de un grupo similar, que esta vez pasa de veterano a novato. Ante estas premisas, el apelativo “secuela espiritual” es más que acertado, pero si uno se aleja del guion y atiende a aspectos más determinantes a la hora de definir una obra, como lo son el tono y la puesta en escena, salta a la vista que el tiempo no ha pasado y que estamos ante la misma idea.

Pero iremos más allá. Lo anteriormente dicho no es del todo cierto; al mismo tiempo, es y no es la misma película. Si bien se narran aspectos similares con un tono similar y con una composición de secuencias idéntica, hay otro factor en juego, que determina la dirección que cada propuesta toma. Y lo que se observa es que para Richard Linklater sí que ha pasado el tiempo. Quizás esta sea la clave para que, al volver a visitar los años 70, a los personajes con los que convivió en espacio y tiempo, y con los que compartió generación, la mirada pase de la desafección a la nostalgia. “Desconfía de la nostalgia”, comenta recurrentemente el crítico Jordi Costa, y razón no le falta. Las películas que apelan visceralmente a la nostalgia suelen tender una trampa con la que el responsable de la obra esconde sus verdaderas y poco honestas intenciones. En el cine no hay leyes universales, y esta no parece ser la ley que paradójicamente se convierta en la excepción a la norma: sí, la nostalgia guía el relato en Todos queremos algo, pero lo hace desde esa honestidad que caracteriza a este fantástico director tejano.




Aunque habían pasado 17 años cuando en 1993 Richard Linklater decidió echar la vista al pasado y rememorar sus vivencias de instituto, su mirada era, si no opuesta a la nostalgia, al menos sí desencantada, contradictoria, insatisfactoria, y ante todo profundamente real. “Si alguna vez empiezo a hablar de estos como los mejores años de mi vida, recordadme que me pegue un tiro” es una de las frases más llamativas de esta película, pero detrás de esta aparece una reflexión más larga, profunda y determinante acerca del enfoque de esta obra y el tiempo que recoge: “los cincuenta fueron aburridos, los sesenta molaron y los setenta…obviamente, apestan. Quizás los ochenta sean radicales, ¿sabes? Me imagino que estaremos en nuestros años veinte y, oye, no podrá ir a peor.” A pesar del tono ligero, ese tan habitual en el cine de Linklater, de la fluidez del montaje, del sublime uso de la música y del desarrollo de las tramas, en ningún fotograma se observa un ápice de encumbramiento de lo que estos personajes viven, y todo ello a pesar de que, básicamente, las vacaciones de verano acaban de empezar y la película se desarrolla entre fiesta y fiesta.

Desde la primera secuencia, desde el primer plano, se sabe que Todos queremos algo circula por otras vías. El color inunda el fotograma, la música se acerca a lo convencional y los movimientos de cámara fluyen con mayor soltura, más pomposos dentro de su sobriedad. Todos los elementos formales apelan a la vitalidad, a las buenas sensaciones y a esa citada nostalgia que provoca que la mirada al pasado brille aunque sea a costa de distorsionar la realidad. Linklater aparca la plasmación cruda de un pasado que nunca fue lo que era, y lo convierte en algo que quizás tampoco fue nunca lo que él pretende ahora que sea, pero esta vez a base de romanticismo. ¿Es por ello deshonesta? En absoluto. Las señas de Linklater y del buen cine se mantienen constantes. Lo que se ve es lo que hay, y, de hecho, si por algo se le puede acusar a este director es por evitar todo acercamiento al “bigger than life” del cine clásico, el actual comercial hollywoodiense, y apostar por un estilo anticlimático. Su capacidad para perfilar personajes con un par de trazos fotográficos se mantiene, su virtuosismo para el manejo del tono sigue en excelente estado de forma y la capacidad para captar la –falsa pero tremendamente convincente– espontaneidad nunca se pierde, componiendo un relato que destaca por la musicalidad de sus imágenes.

Tyler Hoechlin, Glen Powell, Blake Jenner y Forrest Vickery en Todos queremos algo (Richard Linklater, 2016)

Tyler Hoechlin, Glen Powell, Blake Jenner y Forrest Vickery en Todos queremos algo (Richard Linklater, 2016)

Movida del 76 y Todos queremos algo, las dos caras de una misma moneda, dos maneras de encarar una misma realidad, dos fórmulas paralelas, complementarias, igual de válidas. No deja de ser cierto que lo que propone en la cinta de 1993 es más ingrato, y es más difícil conseguir su objetivo. En su última obra, lo primero que nos llega, y lo hace a todo volumen, no es otra pieza que la mítica My Sharona, de The Knack, recurso con el que se gana a cualquier integrante del patio de butacas. Es más sencillo, es más fácil, pero no por ello inválido, y más cuando Linklater no exime a la propuesta de dudas, canalizadas a través de su personaje principal, un hombre sensible rodeado de testosterona que se siente a gusto donde está pero no termina de encajar. Juzgar si cuál de las dos presenta mayores virtudes puede ser un debate apasionante, pues a las facilidades del tono se le suma un virtuosismo narrativo que supera a su predecesora temática. Sea como sea, lo que resulta innegable para este crítico es que se trata de una de las grandes películas del año, la cual triunfa con una combinación tan resbaladiza: que una película agradecida, que masajea tus sentidos, no te esté vendiendo la moto. Y es que, como comentó la crítica Desirée de Fez en Twitter a la salida del pase de prensa, “Todos queremos algo es tan buena que puedes hablar y escribir sobre ella sin utilizar la palabra nostalgia”.

Yago Paris.

 

Artículo inicialmente publicado en CINEMA AD HOC.


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