Narcoficción. Cine y literatura del narcotráfico.

Cartel promocional de Narcos (Serie de TV) (2015)
Hay un tipo de literatura a la que llamamos narcoliteratura (o sencillamente novela sobre el narcotráfico), que ostenta el dudoso privilegio de representar con la mayor densidad los olores y los dolores del infierno en la Tierra. En términos aún más generales, se habla de narcoficción.

El narcotráfico, como saben, no es sólo un tipo de crimen bien catalogado en lo códigos penales de todo el mundo, sino que encierra una compleja amalgama de factores sociales, culturales, políticos y económicos, cuya transposición literaria, principalmente en tierras americanas (de norte a sur),  viene desde hace ya varios años posibilitando un tipo de literatura “de género” que cada vez seduce a más lectores.

Aunque el fenómeno no es nuevo, en los últimos años los productos culturales sobre el narcotráfico han sembrado un interés creciente entre lectores y creadores de todo el mundo. Junto al número de novelas, crece el de libros de investigación periodística, películas y series de televisión relacionadas con el crimen organizado y el mundo de la droga.

La lista de los largometrajes que tienen al tráfico de drogas como protagonista, o como simple ambientación, es infinita. Podríamos destacar, por su estreno más o menos reciente, la inverosímil Salvajes (2012) de Oliver Stone; la insípida y aburrida El consejero (2013) de Ridley Scott; la insuficiente Escobar, paraíso perdido (2014) de Andrea di Stefano; o la (finalmente) impotente Sicario (2015) de Denis Villeneuve. 

En el mundo de las series, si descartamos la vorágine de narconovelas televisivas que vienen a ser culebrones con narcotraficantes como protagonistas, generalmente de muy mala calidad, no debemos olvidar la aclamada serie colombiana Pablo Escobar, el patrón del mal (2012), dirigida por Carlos Moreno y Laura Mora Ortega, o la reciente y celebradísima producción estadounidense Narcos (2015), dirigida por Chris Brancato (entre otros), que vuelve sobre la vida del capo Pablo Escobar ofreciendo un drama sobre el crimen y las drogas lleno de tensión.

Portada de La virgen de los sicarios - Fernando Vallejo
Política, estrategia policial, trapicheo de barrio, sicariato, “cooperación internacional”, extorsión, drogas, lujo, religión, pobreza y armas… son algunos de los ingredientes que encontraremos en la mayoría de estas obras. Un campo de creación en el que la industria audiovisual parece ir a la cabeza, y que en los últimos años está viviendo un renacimiento poderoso, fruto, en parte, del distanciamiento ético que como una liberación sienten los autores a la hora de recrear los escenarios verdaderamente cruentos que asolaron algunas ciudades de Colombia, México y EE.UU. entre los años ’70 y ’90 del siglo pasado.

Por supuesto, el narcotráfico sigue vivo. Nadie dirá que las conciencias de los creadores actuales se han apagado. Al contrario, la ficción sigue representando un bastión desde donde poder exponer, criticar y denunciar una realidad insostenible en la que todavía reinan la violencia y el poder del dinero. Pero la inmediatez de la imagen (que tanto nos da) no agota ni de lejos las posibilidades de un conflicto tan complejo como este, o al menos no lo hace de forma exclusiva.

Si las grandes productoras audiovisuales llegan a nuestras casas con mayor facilidad (pienso en la enorme campaña publicitaria de la que ha gozado la segunda temporada de Narcos: Madrid se vio empapelada con el rostro del actor Wagner Moura), la literatura aún puede sorprendernos con tramas de un calado abrumador. Los libros son más tímidos, les cuesta más entrar en casa de desconocidos a través de la televisión o de carteles colosales que cubren fachadas enteras, pero no por ello tienen menos que decir. La calidad, la tensión y el entretenimiento están asegurados.

Desde Contrabando (escrita en 1991, pero editada en 2008), del mexicano Víctor Hugo Gascón Banda, hasta Fiesta en la madriguera (2010)de Juan Pablo Villalobos, pasando por los conocidos Noticia de un secuestro (1996), del premio Nobel Gabriel García Márquez, y La reina del sur (2002), del español Arturo Pérez Reverte, o la genial La virgen de los sicarios (1994), del colombiano Fernado Vallejo. Estos son sólo algunos de los muchos títulos que podríamos destacar, cada uno con su punto de vista y su porcentaje variable de emoción, denuncia y violencia.

Internet está lleno de rankings y listas sobre las mejores novelas habidas y por haber. Lector salteado no puede compartir ese afán de totalidad sin poner en riesgo su razón de ser, por lo que esta nota aspira a ser mucho menos exhaustiva que sugerente. Preferimos que cada uno haga su lista, que cada uno busque su ficción, que cada uno escriba la historia de sus lecturas.

Mario Aznar.

 

Artículo inicialmente publicado en LECTOR SALTEADO.


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