Mi hijo John. Tan anticomunista que es comunista

Antes de ver Mi hijo John (Leo McCarey, 1952) despertaba en mí gran interés porque era el tipo de obra más propicia para terminar de detestar a un cineasta querido, respetado y estudiado

Robert Walker, Helen Hayes y Van Heflin en Mi hijo John (Leo McCarey, 1952)

Robert Walker, Helen Hayes y Van Heflin en Mi hijo John (Leo McCarey, 1952)

Desde mucho antes de haberla visto, la película Mi hijo John (My son John) (Leo McCarey, 1952) despertaba en mí gran interés por una razón muy concreta: era, por su argumento, época de realización y significación histórica, el tipo de obra más propicia para terminar de detestar a un cineasta querido, respetado y estudiado como uno de los más importantes de todos los tiempos por diversos autores; en particular, por uno de los críticos españoles que más me ha interesado desde siempre, Miguel Marías, que le dedicó uno de los pocos libros monográficos que ha salido de su pluma, no todo lo prolífica que hubiésemos deseado. Mi aprecio por McCarey siempre ha sido muy escaso, no tanto por la calidad de su cine (discutible e intermitente, para mi gusto, pero ni mejor ni peor que tantos otros nombres del Hollywood de su época) como por su nada estimulante ideología, asentada en el tipo de reaccionarismo que más rechazo me produce: el que se basa en una religiosidad tradicionalista, conservadora y ramplona, la misma que inspiró lo más abyecto de la cinematografía española de las décadas de 1940 y 1950, que en muchas ocasiones fue incapaz de dar forma a un guión sin incluir a un sacerdote entre sus personajes y que envilece la fecunda senda del cine espiritualmente rico y emotivo, capaz de conmover a las piedras y por la que transitaron algunos de los nombres más importantes de la historia del cine (como Carl-Thedor Dreyer, Robert Bresson o Andrei Tarkovsky).

Mi hijo John, además de insistir en la misma y nada sutil propaganda religiosa, viene rodeada de un insoslayable paratexto, y es que fue realizada en plena represión de comunistas y simpatizantes en Estados Unidos a través del Comité de Actividades Antiamericanas, en lo que se vino en llamar Caza de Brujas y que tuvo en Hollywood y en la historia del cine estadounidense una muy relevante significación. No se trata del único ejemplo del cine militarizado que en los años 50 quiso añadir más leña al fuego de la dureza represiva, pero sí se trata de uno de los menos sutiles si pensamos en otras películas de análoga orientación, como Los intimidadores (1958) del políticamente oportunista Jacques Tourneur, en la que no se cita ni una vez la palabra “comunista” o “soviético”, y desde luego, en La ley del silencio (1954), que al menos es capaz de construir un mensaje universal en torno a la disidencia en las comunidades corruptas y asfixiantes, más allá de las motivaciones de Elia Kazan en el momento de su realización.

Dicho esto, y enfrentándonos a la película sin más armazón teórica que su visionado y sin poder confrontar esta aproximación con el admirativo texto que Miguel Marías le dedicó, debo añadir que si ha hecho fortuna la expresión “tan mala que es buena” sobre la supuesta genialidad de algunos largometrajes por sus estrepitosos fallos, podríamos inventar la expresión “tan anticomunista que es comunista” a propósito del resultado final de Mi hijo John, cuyos personajes parecen acabar representando exactamente lo contrario de lo que pretendía su director, o tal vez es que McCarey (que no es solo el director de esta obra, sino también el autor del argumento original y coguionista) estaba tan instalado en la extrema derecha más delirante que su militancia requería buenas dosis de esquizofrenia, lo que, consciente o inconscientemente, volcó en la película y en sus personajes principales.




Porque la madre del protagonista, interpretada por Helen Hayes, recibe en una de las primeras secuencias una prescripción médica inapelable: tres tranquilizantes al día, después de que sus dos hijos menores hayan sido enviados a la Guerra de Corea. No parece ser la única mujer de la pequeña localidad en que transcurre la película que padece problemas mentales: en una conversación posterior, sabemos que al menos otras dos vecinas suyas han sido internadas en un sanatorio psiquiátrico, y ella misma está bordeando un destino similar durante buena parte del metraje, dado que a su extraño lenguaje facial se le añaden extravagancias en un comportamiento que, por otra parte, choca muy poco cuando conocemos el medio en el que se mueve. Su marido (Dean Jagger) es un activo miembro de la Legión Americana, a cuyas reuniones acude con frecuencia hasta para dar patrioteros discursos que ni él mismo entiende en algunos de sus extremos, como acaba reconociendo, y que preguntado por sobre la acogida a sus palabras, acierta a responder:

Eh, ya sabes que esa gente no son… no son demasiado brillantes. Me aplaudieron.

Ante quien balbucea esta significativa contestación es ante su hijo John, el único de la familia que hace honor al apellido Jefferson -no en vano, se alude a la tumba del homónimo presidente de los Estados Unidos en el paseo que Helen Hayes hace por Washington, sobre el que es pertinente recordar la cita que John F. Kennedy pronunció ante 49 premios Nobel en 1962:

Creo que esta es la colección más extraordinaria de talento y de saber humano que jamás se haya reunido en la Casa Blanca, con la posible excepción de cuando Thomas Jefferson cenaba solo.

 

Van Heflin, Minor Watson y Helen Hayes en Mi hijo John (Leo McCarey, 1952)

Van Heflin, Minor Watson y Helen Hayes en Mi hijo John (Leo McCarey, 1952)

John es quien da título a la película y quien viene a romper la supuesta tranquilidad de esta idílica familia, si creyésemos que tiene algo de cierto la sinopsis oficial de la película, que reza (nunca mejor dicho):

Una pareja de un pequeño pueblo se queda destrozada cuando descubre que su hijo John es un agente comunista. 

En realidad, lo que vemos en la película es que un matrimonio destrozado, con dos hijos sin espacio en sus preocupaciones para cuestiones que vayan más allá del fanatismo deportivo y patriotero y que acuden gustosos al matadero de Corea. Todo ello con la bendición de un sacerdote de parecidas limitaciones y dudoso sentido del humor, y en el contexto de un ambiente rural insano, ante el cual una persona capaz de pensar por sí mismo desentona de igual manera que un disparo en medio de un concierto, aunque matizando que en este caso John sería más bien el músico que se cuela en medio del tiroteo de tensión que es este pueblo enfebrecido por la histeria antisoviética. En este sentido, cada una de las interacciones de John con sus habitantes se traduce en un choque, ante el que se debate entre la ironía y la indiferencia: las mismas que le provoca escuchar a su padre, antes de acudir a su ultraderechista asociación, asegurarle:

Tenemos una canción con la que me encantaría entrar en una reunión comunista con 300 tipos duros y echarles a patadas: “Si no te gusta el tío Sammy / vuelve a tu casa más allá del mar / al país de donde vienes / como quiera que se llame …”

La apuesta por los “buenos viejos tópicos” por parte del médico del lugar; la extrañeza del sacerdote al ver desnudada, mediante la pura lógica argumentativa, la verdadera intención de su actividad religiosa; la pregunta a John sobre si en Washington se empiezan a ver “las cosas como son” y su muy significativa respuesta:

Algunos entre nosotros no estamos demasiado interesados en ver las cosas cómo son, sino en verlas como nos gustaría que fueran.

van conformando un panorama en el que el protagonista consigue, mediante el socrático método de la ironía y la mayéutica, hacer que los lugareños lleguen a alguna conclusión incómoda, aunque a fuerza de reafirmar tópicos y, en algún caso, violencia (la emplea su padre al ver cuestionada la literalidad de algunos pasajes bíblicos, como el de Jonás y el vientre de la ballena) el estado de cosas se enrarezca, con la inestimable colaboración del oscuro agente del FBI que interpreta Van Heflin.

Si quisiéramos interpretar esta película como una mera visión del conflicto entre padres tradicionalistas e incultos e hijos inquietos y brillantes, con el anticomunismo como mera excusa, el retrato sería igualmente demoledor para los primeros; y en la misma medida, si lo viésemos como una dialéctica entre el cerrado mundo rural y la libre y anónima vida en la ciudad. La madre de John, lúcida cuando el entorno se lo permite y cuando las presiones ideológicas no le impiden argumentar con claridad, es muy consciente de esto cuando con inocencia admite ante Van Heflin:

John tiene más graduaciones que un termómetro. Siempre digo que solo hay un intelectual en la familia.

y, también, cuando habla con su marido en estos términos:

-Crees que soy demasiado estúpido para darme cuenta.
-No, no eres estúpido, Dan. Ni demasiado inteligente.  

La tardía e inverosímil conversión final del personaje que interpreta Robert Walker (y no deudora, argumentalmente, de la muerte del actor durante el rodaje -derivada de un consumo de drogas derivado a su vez de su traumática separación de Jennifer Jones-) deja un aroma final a impostura muy semejante al de los finales de El último (1924) de Murnau o de ¡Qué bello es vivir! (1946) de Frank Capra, porque, a su pesar, lo que mostró Leo McCarey en My son John fue la miseria moral e intelectual del mundo que defendía y la riqueza y fecundidad del mundo comunista al que pretendía poner en la picota.

Mario Iglesias.

 

Artículo inicialmente publicado en EL FONDO DEL AIRE ES ROJO.


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