Laika Studios: la tendencia de una magnífica producción

A la sombra de grandes productoras como Disney, Pixar o DreamWorks Animation, el estudio Laika ha desarrollado una apasionantecarrera en el mundo de la animación. Sus proyectos están lejos de las cifras de presupuesto

Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016) - Laika Studios

Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016) – Laika Studios

A la sombra de grandes productoras como Disney, Pixar o DreamWorks Animation, el estudio Laika ha desarrollado una apasionante carrera en el mundo de la animación. Sus proyectos están lejos de las cifras de presupuesto que se manejan en los de las citadas compañías –que fácilmente doblan o triplican los de Laika– y se diferencian, fundamentalmente, en la técnica de animación que usan. El dibujo animado ha sido el dominador absoluto de la Historia de la animación, hasta que los avances tecnológicos permitieron la animación por ordenador. Esta transición fue liderada por el estudio Pixar, que en poco tiempo desbancó a Disney como referente de la animación –en la actualidad, estas dos compañías se han fusionado como Disney-Pixar–. El dibujo animado ya no cuenta con la relevancia de antaño, pero sigue siendo una técnica muy explotada, especialmente en el formato televisivo, y en el largometraje en países como Japón, cuya tradición en este medio es demasiado extensa como para dejar de lado esta técnica. En paralelo, Laika ha tomado como su seña de identidad una técnica longeva pero minoritaria: el stop motionque consiste en tomar objetos inanimados –habitualmente, figuras o muñecos– y aparentar su animación. Esto se consigue tomando sucesivas fotografías, en cada una de las cuales previamente se le ha aplicado un ligero cambio a dicho personaje o escenario. Al observar estos fotogramas de seguido, se materializa la animación.

Laika –empresa en manos del dueño de Nike, Phil Knight, y dirigida por su hijo, Travis– cuenta con un cortometraje –Moongirl, 2005– y cuatro largos –Los mundos de Coraline, 2009; El asombroso mundo de Norman, 2012; Los Boxtrolls, 2014; Kubo y las dos cuerdas mágicas, 2016–. En su corta filmografía se identifica una serie de obsesiones recurrentes, a la vez que se observa una evolución paulatina hacia un cine, quizás no más comercial, pero sí más asequible para el gran público –al menos, para el infantil, principal target del cine de animación–. Una evolución que se ha distanciado con un gran salto en su última entrega, aunque el sello Laika sigue siendo inconfundible. Ha sido esta evolución y las dudas frente a cuál será el camino futuro de esta compañía lo que ha desencadenado este texto, en el que se analizarán las constantes vitales de estas obras de animación a la par que se trazará una línea que describa de dónde procede y hacia dónde se dirige este estudio, pues el estreno de Kubo y las dos cuerdas mágicas ha supuesto un punto de inflexión en la orientación de los proyectos de Laika, que está por ver si se trata de un alto en el camino o un desvío sin vuelta atrás. Por ello, se analizará la producción previa a Kubo y posteriormente se establecerá una comparación con dicha cinta.

Estilo de animación:

Las producciones de Laika presentan una serie de características comunes que las hermanan, aunque cada una de ellas tenga su particular mundo propio. En lo referente a los ambientes, estos son más oscuros, con una estética lúgubre que alcanza máximos de reminiscencia expresionista, y hay un gran interés por el mundo nocturno, que será representado tanto en la vigilia como en el sueño –o pesadilla–. La manera de representar a los personajes de los diferentes mundos se caracteriza por un contraste entre el minimalismo expresivo de sus caras y la desnaturalización de sus cuerpos, que se alejan de la representación realista para transmitir ideas, sentimientos y psicologías mediante sus formas.

Fotograma de Los mundos de Coraline (2009) - Laika Studios

Fotograma de Los mundos de Coraline (2009) – Laika Studios

La más radical en estos aspectos, y en los que posteriormente se comentarán, es Los mundos de Coraline, primer largo y segundo trabajo de Henry Selick (Pesadilla antes de Navidad, 1993) con este estudio, tras el citado cortometraje. En esta adaptación de la novela homónima de Neil Gaiman se asiste a un universo estéticamente heredero de su trabajo más reconocido, Pesadilla antes de Navidad (1993). Esta condición podría pesar como una losa, pero Selick demuestra que no es un director anclado en éxitos pasados. El realizador tiene una manera muy concreta de entender su cine, de ahí que sus cintas se parezcan entre sí, pero se tarda poco en advertir que Los mundos de Coraline va mucho más allá del calco autorreferencial. La obra despliega una puesta en escena más elaborada, en la que las múltiples capas de lectura se solapan con los cuantiosos subtextos de fondo que este relato presenta. En ella se presenta un mundo dividido entre la ceniza realidad y un sugerente mundo de los sueños que tornará en mundo de las pesadillas. La más cercana al citado expresionismo, Los mundos de Coraline toma la idea de Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll) acerca de un mundo de los sueños que esconde más trampas que placeres, lo que encuentra su nexo de unión más fuerte en ese pasadizo que se esconde tras una puertecita del salón de la nueva casa de Coraline.

Si se toma como referencia las producciones del Disney actual o de todo Pixar, resulta imposible encontrar una producción con tal grado de oscuridad. Las más próximas podrían ser Pinocho (1940) o Dumbo (1941), pero quedan muy distantes en el tiempo, y, de por sí, parecen proyectos que difícilmente se llevarían a cabo en el panorama actual. Las películas actuales de estos estudios destacan por una luminosidad radiante y un tono principalmente alegre. No es tanto que la historia de Coraline no sea infantil, porque, de hecho, lo es, y mucho. Y nada de malo hay en ello, aunque ese término se suela asociar a “poco interesante o desarrollado para los adultos”, pues no es este el caso. Es más una cuestión de enfoque; Laika se plantea la posibilidad de presentar un mundo oscuro, en el que la infancia no sea feliz, idílica, y en la que la introspección sea un valor en alza.

Sobre la representación de los personajes, sólo hay que comparar la representación hiperrealista de Judy Hopps –protagonista de Zootrópolis (2016)– con la propia Coraline, o con cualquier personaje de los mundos de Laika. Esto es así hasta el punto de que Judy, siendo una conejita, presenta rasgos y movimientos más cercanos a los humanos que los personajes de Laika. Concretamente, Coraline es un personaje caracterizado por una gran cabeza, especialmente si se compara con su tísico cuerpo. A pesar de las dimensiones de su cara, pocos gestos aparecen a lo largo del metraje para expresar los diferentes estados anímicos, siendo más representativa la gestualidad inherente a su cuerpo. El minimalismo de Coraline frente al realismo de Judy, que en comparación casi se convierte en caricaturización, como así ocurre en de muchos de los personajes de DreamWorks –por ejemplo, los pingüinos de Madagascar–.

Para hablar de estos aspectos formales se ha escogido Los mundos de Coraline por ser el ejemplo más representativo, pero estas características aparecen en el resto de producciones posteriores. Sin embargo, cabe destacar cómo, entrega tras entrega, estos extremos se han ido reduciendo.El asombroso mundo de Norman todavía mantiene lazos de unión fuertes con la película previa, pero existe un cambio sustancial entre estas dos y la siguiente, Los Boxtrolls. Aunque en la cinta de 2014 sigue habiendo una apetencia por lo nocturno, por lo sucio –las alcantarillas, las callejuelas, la basura en la que rebuscan los trolls protagonistas–, la representación de los personajes se acerca más a lo realista. Esto es especialmente notorio en el dúo de protagonistas infantiles, una niña y un niño que no desentonarían en una producción de Pixar, aunque en el formato del stop motion. Diferente es el caso de algunos adultos, que, como metáfora de su pobreza humana y de la pérdida de la ingenuidad, presentan cuerpos más cercanos a lo deforme, como ocurría en las películas previas de Laika. Sin embargo, la caricaturización física es algo menor, y no está presente, como se ha dicho, en la totalidad de sus personajes.

Historias y tipos de personajes:

Lo primero que llama la atención en las historias de estas películas es su filia por un estado de ánimo melancólico. Aquí, nuevamente, Los mundos de Coraline destaca como la obra más radical, al proponer algo tan poco habitual como a una niña que no es feliz con su estado vital. Es muy habitual en el cine que la historia consista en una introducción en la que el personaje principal es feliz con lo que tiene, hasta que algo lo pone en peligro, y toda la trama consiste en recuperar ese estado basal. En Los mundos de Coraline, así como en El asombroso mundo de Norman, sus respectivos protagonistas son infelices con la situación en la que viven, pero la primera destaca por presentar a un personaje que lucha activamente por mejorar dicha situación –en el caso de Norman, la trama se le viene encima y le toca entrar en acción, le guste o no–. Sin embargo, todavía más interesante que el planteamiento es el desenlace, pues en ninguno de los ejemplos queda claro que el destino final sea la felicidad. Por tanto, el final queda abierto a posibles interpretaciones sobre el nivel de satisfacción que cada personaje haya alcanzado al poner fin a su aventura.

Fotograma de Los Boxtrolls (2014) - Laika Studios

Fotograma de Los Boxtrolls (2014) – Laika Studios

Como en el apartado anterior, Los Boxtrolls vuelve a encaminar la senda hacia lo que posteriormente será Kubo y las dos cuerdas mágicas, y se establece como un puente entre las dos primeras y el salto dado este año con este nuevo film. En este caso, se presente a un personaje principal que vive en total armonía con sus compañeros, unos inofensivos y timoratos trolls. Esta pequeña sociedad habita en el subsuelo, y lo hace entre desperdicios, pero su mentalidad positiva y su amor hacia el prójimo y hacia las cosas verdaderamente importantes de la vida –en este caso, el desapego hacia el materialismo y el elitismo social– provocan tal nivel de satisfacción. El ecosistema es amenazado por los humanos, por lo que estos deben luchar para preservar su bienestar. La trama se cierra con, no sólo un mantenimiento del estatus quo, sino una mejora del mismo, por lo que, aunque se mantiene ese interés estético y temático por un enfoque más oscuro, la trama transita por otros caminos más esperanzadores.

Ritmo narrativo y tono:

En los anteriores apartados se ha comentado que Laika presenta una clara vocación introspectiva y unos ambientes oscuros que tienden a una mezcla enrarecida entre lo melancólico y lo siniestro. Para que la propuesta sea completa, el ritmo y el tono deben ser acordes, y esto se observa en un ritmo más pausado y un tono sosegado. Es indiscutible que no dejan de ser películas de animación que aspiran a alcanzar al público infantil, por lo que, si su objetivo es triunfar en taquilla, no pueden reducir demasiado el ritmo. Sin embargo, basta con comparar estos films con los de otras productoras para encontrar diferencias significativas, que van de lo sutil a lo evidente. Quizás, de los citados, el más acorde a Laika sea Disney. Especialmente en sus películas en dibujos animados, pero también en las actuales que produce en animación por ordenador, se hace patente un ritmo similar –Sin ir más lejos, su última producción, Zootrópolis–. En líneas generales, este se caracteriza por, no sólo mostrar amplios espacios de metraje en los que no hay acción, sino también por una trama que apuesta por un menor número de giros, más desarrollados, en vez de saturar la narración de sucesos efímeros.

La brecha es algo mayor en Pixar, que prefiere una narración algo más cercana a la acción que a la observación, y la distancia es colosal si se piensa en producciones de DreamWorks, en las que no sólo la animación tiende puentes con el estilo cartoon, sino que sus historias presentan un ritmo igual de frenético –el caso de Los pingüinos de Madagascar (2014) es paradigmático, en este sentido–. Algo similar ocurre, tanto en tipo de animación como en ritmo, en las obras de productoras menores como Illumination Entertaintment (Los minions, 2015; Mascotas, 2016) o Sony Pictures Animation (Hotel Transilvania, 2012; Hotel Transilvania 2, 2015).

Este trazado de similitudes y diferencias entre Laika y el resto de grandes productoras es equivalente en el terreno del tono: a medida que aumenta el ritmo, los planteamientos se simplifican y la búsqueda de la comedia aumenta. En ese sentido, aparecen las de Disney y Pixar, con un poderoso componente emocional, que las hermana a los proyectos de Laika, aunque estas apuesten por una versión más lúdica que sombría. El interés por alcanzar la comedia en DreamWorks es total, ya sea a través de lo visual –Los pingüinos de Madagascar– o lo verbal –la saga Shrek (2001-)–. En ambos casos, el desglose de gags parece no tener fin, y, lo que es más importante, en ellas su único interés es la comedia por la comedia –algo perfectamente lícito–. Los casos más extremos se encuentran, nuevamente, en las demás compañías antes citadas, entre las que destaca, en el aspecto de la comedia, Los minions, que avasalla con su ingenio visual y centra su único objetivo en la conquista carcajadas.

Kubo y las dos cuerdas mágicas: ¿el gran cambio?

A lo largo de este ensayo se ha enfatizado la idea de que Laika es un estudio que se mueve por unos cauces muy particulares dentro de la animación comercial, pero que, si bien se mantiene firme en una serie de ideas de origen, su modelo se ha ido aproximando al de las majors con cada nueva entrega que han ido sacando. Aplicada a las tres primeras cintas de la productora, esta reflexión se apoya en matices e interpretaciones; a la hora de analizar su último trabajo, Kubo y las dos cuerdas mágicas, recolecta evidencias difícilmente rebatibles. Lo primero que llama la atención es el enfoque de la animación. El stop motion se mantiene, pero las texturas se suavizan y alcanzan un grado de realismo hasta entonces inaudito. Todos los personajes adquieren una anatomía que encaja con los cánones de la representación realista; sus cuerpos ya no son el centro de la transmisión de emociones, sino la cara, que aumenta su grado de expresión hasta un nivel cercano al de Pixar y Disney, aunque todavía inferior.




Algo similar ocurre con los escenarios. La oscuridad del relato sigue empapando la representación de los mismos, pero el salto hacia la claridad, hacia la luminosidad, es notorio, y esto entronca con el ejercicio de ligereza tonal y argumental que presenta el fondo, tanto en los subtextos como en la propia trama. Esta es una historia principalmente de acción, el clásico viaje del héroe que trata de huir de su pasado pero al que no le queda otra que enfrentarse al mismo para acabar con él. El guion apuesta por la acción, y esta no satura, pero se come buena parte del metraje, lo que reduce las dosis de introspección hasta convertir toda la cinta en un ejercicio indiscutiblemente más ligero que sus precedentes. Para que esto sea posible, otro elemento entra en juego. Se trata de la comedia, que no sorprende por su presencia, sino por su cantidad y su estilo. Entre lo visual y lo verbal, la trama está plagada de frases ingeniosas y quiebros clownescos, que colocan esta propuesta humorística ya no algo por debajo, sino directamente al mismo nivel que en las producciones de Disney y Pixar –no en vano, en Kubo y las dos cuerdas mágicas resulta evidente un acercamiento a este modelo concreto de animación y de narración–.

Pero no todo son diferencias. A la citada presencia del stop motion se le suma el uso del mismo, que perpetúa el modelo de la delicadeza como puerta hacia una sensibilidad especial. Kubo y las dos cuerdas mágicas sigue siendo una cinta principalmente emocional, que, si bien ha reducido sustancialmente las dosis de oscuridad tonal, sigue caracterizada por la delicadeza de los gestos que la conforman. Los avances tecnológicos y un presupuesto considerable han provocado tal depuración formal, que por momentos cuesta reconocer las características visuales inherentes al stop motion. Sin embargo, por el camino no se ha perdido ese afán de alcanzar el matiz en el trazo, la vulnerabilidad de la belleza, y esto se representa con exquisito gusto a través de la inclusión en la trama del origami –arte similar al de la papiroflexia–, delicado por definición, lleno de personalidad como el propio stop motion y punto de partida a través del que desarrollar posteriores ideas visuales –el guerrero samurái, el barco de “papel”–.

Como conclusión a este acercamiento a la productora Laika, quien firma estas líneas afirma que la personalidad de este estudio es innegable, aunque algo está cambiando en su núcleo. Quizás las altas esferas hayan visto que resulta insostenible este modelo, o quizás prefieran producir trabajos menos arriesgados, que abarquen un espectro mayor de población con la intención de hacer mejores números en taquilla. Las claves se mantienen intactas, pero, entrega tras entrega, el riesgo es menor, lo que inevitablemente genera decepción e incertidumbre en un servidor. ¿Se mantendrán estas líneas maestras, o la evolución hacia el modelo Disney-Pixar progresará con los próximos proyectos? De lo que no cabe duda es de que, al menos hasta la fecha, Laika es un estudio diferente, y así lo atestiguan sus cuatro proyectos, todos ellos magníficos.

Yago Paris. 

 

Artículo inicialmente publicado en VOS REVISTA.


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