La doncella (The Handmaiden)

La doncella (The Handmaiden) (Park Chan Wook, 2017)

“When one is in love, one always begins by deceiving one’s self, and one always ends by deceiving others. That is what the world calls a romance.”

―Oscar Wilde*

Todos lo sabemos, las apariencias engañan. De Chan-wook Park no se esperaría una emotiva y, aunque suene extraño, sencilla historia de amor. Y eso es esencialmente La doncella. Por supuesto, el largometraje es mucho más que una sencilla historia de amor, únicamente los más aburridos y convencionales melodramas son simples historias de amor. La doncella es a un tiempo un relato de traiciones como la historia en que se afirma una identidad. Es un perverso teatro del deseo como un cándido recuento de un enamoramiento. El más reciente filme del director coreano consigue hilar todas estas historias en un delicioso y caprichoso rompecabezas. Sugerente y levemente fantástica, la película se va revelando como un irresistible y tramposo ensueño. Chan-wook Park no se ha caracterizado por ceñirse a los patrones realistas, La doncella no es, por tanto, una recreación fiel a los cánones históricos, ni una película en que sus imprevisibles peripecias se desenreden completamente en su desenlace. El atractivo del filme tiene poco que ver con la tan cacareada habilidad de saber contar historias, sino que se relaciona más bien con la destreza en crear un mundo sensorial en el que vivir un encierro, o en el que sentir fascinación por otra persona son realidades palpables. La doncella es un soberbio simulacro en que los disfraces y los engaños revelan un verdadero deseo.

Con base en una novela de la escritora Sarah Waters, Chan-wook Park traslada la acción de la Inglaterra victoriana a la Corea de los años 30. En el principio vemos a Sook-hee (Tae-ri Kim) despedirse de lo que parece ser su familia. Se dirige a la casa de Lady Hideko (Min-hee Kim), una rica japonesa que vive en una gigantesca mansión con su tío Kouzuki (Jin-woong Jo). Pronto conocemos que Sook-hee es una ladrona que se encuentra en dicha mansión para engatusar a Lady Hideko y convencerla de que se case con el conde Fujiwara (Jung-woo Ha), un estafador que le promete parte del botín. Ahora, recuerden, las apariencias engañan, nada es lo que parece. La doncella depara giros y sorpresas a lo largo de su metraje en cantidades abundantes, que no excesivas. Aquello no importa mucho. El placer de la película reside en habitar el mundo fantástico que todo el equipo de producción ha contribuido a crear, sin importar su enrevesamiento. La divertida imprevisibilidad le suma un factor de entretenimiento, las expectativas se alteran constantemente, lo que le añade un interés al relato. De hecho, esa imprevisibilidad da pie para notar que cada relato no es sino un borrador de otro, cada historia no es sino la prefiguración de otra más. El final de la película es un relato amoroso que, con el paso del tiempo, ha de mutar en otro. La doncella se constituye en un filme destacable al poder usar los tópicos del género en un rompecabezas cuyas piezas arman de manera sensible una historia que contiene las posibles historias que envuelven a un único enamoramiento.

Tres veces vemos la entrada del dormitorio de Lady Hideko, tres veces significa distinto. El paisaje lunar del biombo puede sugerirnos la presencia de un misterioso y delicado inquilino, la ilusoria imagen de una criatura que ha estado injustamente encerrada, o el cuadro con que se recuerda la primera pasión. Todos estos sentidos surgen de una narración que varía con frecuencia. La doncella gira en torno al modo en que los personajes reaccionan a las apariencias. El teatro de la ambición y el del deseo por pura casualidad van a presentar la representación de un deseo auténtico. El largometraje se dedica a despojarnos de nuestros supuestos. Es una suerte de ejercicio de seducción que se contenta desafiando nuestra credulidad. Cada revelación desnuda una impostura, devela la naturaleza y las pasiones de los cuatro personajes principales. La efectista trama sirve para mostrar los deseos más profundos de cada uno de ellos. Chan-wook tiende a abusar de algunos recursos (el uso de la música, omnipresente como para darle sentido a la palabra melodrama, sobre enfatiza las secuencias dramáticas e idílicas), del mismo modo el director termina por volver más truculenta una historia de por sí artificiosa. Estos excesos no opacan los méritos de La doncella. Una película que desenmascara los engaños y tribulaciones de un inesperado romance.

Felipe González.

 

Artículo inicialmente publicado en DOS O TRES COSAS QUE SÉ DE CINE.


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