Hannah Arendt: Eichmann en Jerusalén

Hannah Arendt en 1944. Fotografía de Fred Stein.

Hannah Arendt en 1944. Fotografía de Fred Stein.

Responsabilidad y consecuencias; justeza y justicia

Culpables. A modo. No culpables. A conveniencia. Culpables de moda. No culpables. Eternos. Todo muy bien organizado. Culpables que lo eran. Porque debían serlo. Obvio. No culpables que se ajustan a una historia contada antes. Vuelta a contar. Antes; después.

Sabemos realmente qué pasa cuando un hombre se vuelve culpable, se preguntaba ya Sören Kierkegaard en la primera mitad del siglo 19. Cómo, cuándo, con qué mecanismos alguien “se vuelve” culpable. Suficientemente culpable, se diría casi.

Otro danés, Henrik Stangerup, imagina en “El hombre que quería ser culpable”, a un individuo que asesina a su mujer, para luego enfrentar la sordera de un Estado empeñado en declararlo inocente.  Trágicamente, el “no culpable” quiere ser confinado en un “Parque de la felicidad”.

Desde otra orilla, Hannah Arendt hila su idea sobre la banalidad del mal, a partir del libro que escribe en el verano y otoño de 1962. El archiconocido “Eichmann en Jerusalén”. Cuya versión breve, como se sabe, fue resultado del encargo que hizo el New York Times a la filósofa para cubrir el juicio a este criminal nazi en 1961.

No hay duda, dice Arendt en el Post Scríptum que agregó a la edición original, que toda generación sigue el principio de continuidad histórica y, en ese sentido, asume tanto las glorias del pasado como sus olvidos, errores y tragedias. Mas, “moralmente hablando, casi tan malo es sentirse culpable sin haber hecho nada concreto como sentirse libre de toda culpa cuando se es realmente culpable de algo”.

El juicio a Eichmann permite a Arendt a plantearse dilemas muy diversos. Uno de ellos, crucial hasta nuestros días, es la relación entre legalidad y justicia.

Con no poco azoro, Hannah Arendt presenta un recuento sobre condenas exageradamente mínimas a algunos oficiales nazis por graves crímenes cometidos. Pero a la vez, incisiva, subraya que fuera del orden de la ley, no hay posibilidad de Justicia, ni para la víctima, ni para el victimario. Qué, cómo y cuánto es suficiente para mantener este equilibrio en extremo vulnerable, he ahí la cuestión.

Aciertan, pues, Stangerup y Arendt, al alumbrar cómo la disolución del sentido de responsabilidad por los actos propios, supone la disolución misma del ser ético. Resistir el olvido de sí, significa entonces, construirse a partir de las responsabilidades propias, no de las ajenas.

Es cierto, la eticidad no es suficiente, nunca. Pero sin ella, cosa alguna podrá serlo.

Antonio Tenorio.

 

Artículo inicialmente publicado en IMAGEN Y SEMEJANZA.


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