Fatty, Linder y Langdon: los grandes olvidados de la comedia muda

Pequeño pero merecido repaso a la trayectoria de los grandes de la comedia muda Fatty, Linder y Langdon, con los que no se cumplió “el tiempo pone a cada uno en su lugar”.

Desde que, hace más de una década, vi un breve vídeo introductorio a una emisión televisiva de Espartaco de Stanley Kubrick, en el que se comentaban las evidentes analogías de la trama del largometraje con la situación política y social de los Estados Unidos de la época en que se realizó (con el acento en un aspecto concreto, el de la caza de brujas anticomunista que llevó a la cárcel al guionista Dalton Trumbo y al autor de la novela original Howard Fast), estoy convencido de que toda película o narración histórica responde a necesidades, puntos de vista y situaciones del presente, de la que son una reproducción más o menos camuflada. Del mismo modo, si hay una verdad de las muchas que contiene el estimable documental El misterio del rey del cinema (Elio Quiroga, 2014) es que, de la expresión -una entre muchas semejantes- “Charles Chaplin es recordado como el más grande autor de comedia muda”, el fragmento más significativo es “Charles Chaplin es recordado”, siendo la segunda parte un corolario secundario (aunque para mí la expresión completa haga justicia a los méritos del autor de Luces de la ciudad, pero ésa es otra cuestión).




Porque, por encima de tópicos como el de “el tiempo pone a cada una en su lugar”, es obvio que no es así. En concreto, en el cine el azar ha resultado decisivo para que el recorrido, el recuerdo y la valoración de una película hayan sido más o menos afortunados, con independencia de las cualidades intrínsecas de la obra en cuestión. Si pensamos en que la mayor parte (porcentualmente hablando, podríamos decir que la práctica totalidad) del cine mudo japonés desapareció durante la II Guerra Mundial, sin esperanzas de que se recupere más que una ínfima proporción de lo destruido, no hay posibilidad de justicia alguna ahí, del mismo modo que una película cuya circulación haya estado circunscrita a territorios marginales y no haya sido vista por ningún crítico de influencia no ha tenido ninguna oportunidad de llegar hasta nuestra época. Solo la generalización de internet, tan demonizada por los en general pésimos regidores de las instituciones relacionadas con el cine, ha podido cambiar algo las cosas en los últimos años.

Roscoe 'Fatty' Arbuckle en Leap Year (James Cruze y Roscoe 'Fatty' Arbuckle, 1924)

Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle en Leap Year (James Cruze y Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle, 1924)

Por otro lado, no conviene dejar de lado que los códigos morales que hace cien años convirtieron a un cineasta en un apestado digno de ser borrado de cualquier canon o del favor del público, a pesar de haber desaparecido o evolucionado, no han propiciado ni de lejos la automática rehabilitación de quienes sufrieron, con razón o sin ella, sus efectos. Pensemos en uno de los casos más relevantes, el de Roscoe ‘Fatty’ Arbuckle, al que podemos distinguir como la gran estrella (y en muchos casos también director) de los primeros cortometrajes en los que actuaba como secundario Buster Keaton, y en los cuales resulta casi imposible intuir el distinto trato que la posteridad daría a uno y otro. Si un actor del talento, la inventiva y la espontaneidad de Fatty ha desaparecido de la memoria colectiva, no es, desde luego, por deméritos profesionales.

Max Linder en la escena del espejo en Siete años de mala suerte (1921)

Max Linder en la escena del espejo en Siete años de mala suerte (1921)

La desaparición de buena parte de las películas de Linder, por fortuna, se pudo ir paliando por la labor de su casi póstuma hija Maud, realizadora además de un documental recordatorio de la figura de su padre tres décadas antes que Elio Quiroga, y en las obras que se han podido recuperar podemos ver a un personaje muy distinto a los de Chaplin o Keaton: indistinguible de su personalidad real, siempre con traje y sombrero, apuesto, adinerado, seductor y descarado. Sus cortos, rodados casi siempre en un único espacio, con una recurrente estación de tren (la misma) y un estudio cuyas trazas reconocemos a la tercera o cuarta película suya, siguen un modelo en el cual su talento cómico brilla al no necesitar más que unos pocos elementos a la hora de componer sus inspirados números cómicos. Su largometraje Siete años de mala suerte, que rodó en Estados Unidos en 1921, contiene uno de los mejores gags de la historia del vodevil, en el que sus criados intentan disimular la rotura de un espejo caracterizándose como él y moviéndose al compás de sus muecas.

Harry Langdon y Joan Crawford en Tramp, Tramp, Tramp (Harry Edwards, 1926)

Harry Langdon y Joan Crawford en Tramp, Tramp, Tramp (Harry Edwards, 1926)

Otro de los nombres de la comedia muda cuyo olvido debemos lamentar es el de Harry Langdon, parte de cuya obra pude conocer en un reciente ciclo dedicado al slastick por el Círculo de Bellas Artes y que también consiguió de dar vida a un personaje reconocible y memorable: despistado, tristón, con buenas intenciones y generalmente dominado por las mujeres. Sus películas fueron además el punto de partida de la carrera de Frank Capra, que se inició como guionista en cortometrajes protagonizados por él y cuyo primer largo como director, El hombre cañón (1926), es un vodevil con Langdon como primer espada. Su final fue menos trágico que el de Linder: la poca pericia como director y la llegada del sonoro propiciaron un rápido declive en una carrera que fue capaz de reconvertir modestamente, dedicándose a escribir secuencias para Stan Laurel y Oliver Hardy. El olvido, sin embargo, fue igual de ensordecedor para él, Linder, Fatty y algunos talentos más, merecedores de algo mejor que un texto como éste.

Mario Iglesias.

 

Artículo inicialmente publicado en EL FONDO DEL AIRE ES ROJO.


Suscripción gratuita

Los mejores artículos de los mejores blogs sobre cine, música, literatura y otras artes.