El viajante, de Asghar Farhadi

Taraneh Alidoosti en El viajante (Asghar Farhadi, 2016)

Taraneh Alidoosti en El viajante (Asghar Farhadi, 2016)

No debía de sorprendernos que una película sobre el desmoronamiento de una relación comience con el resquebrajamiento de los cimientos de un edificio. Incluso nos debía de causar cierta desconfianza. Sin embargo, la película nos aturde. Por buena parte de su metraje, El viajante (Forushande) expone el modo en que se deteriora la relación de una pareja a causa de un evento traumático. Ese no es el único drama que cuenta el más reciente largometraje de Asghar Farhadi, sin embargo. La película también relata una caída como si fuera una tragedia, como si fuera, mejor, un drama que irrumpe y rompe la lógica del relato. La producción del realizador iraní es un ambicioso filme que no termina de hilar la tragedia con el drama íntimo. De modo admirable, Farhadi narra la manera en que una apacible relación amorosa se ve envenenada por la irrupción de la violencia. El contundente relato inicial es atravesado a su vez por otro, uno que solo surge en el tercio final. Las observaciones y comentarios que puedan derivarse de este quizás resulten de sumo interés para describir la sociedad iraní de hoy y, no obstante, no parecen ser consecuencia de la historia que hemos estado viendo. Y mientras El viajante es un filme elogiable al indagar las reacciones de sus protagonistas frente a un trauma, su desenlace, aquel con el que se buscaba poner el dedo en la llaga, termina difuminando la historia central. Un sabor agridulce deja El viajante, un largometraje admirable y problemático.

Desde el principio se nos enfrenta a la fragilidad. Rana (Taraneh Alidoosti) y Emad (Shahab Hosseini) tienen que abandonar el apartamento en que viven, ya que el edificio se está viniendo abajo por problemas estructurales. En un largo plano-secuencia se muestra el ajetreo de los residentes al ser evacuados ante lo que parece un inminente derrumbe. Una ventana se resquebraja frente a nosotros como signo de futuras rupturas. La pareja consigue otro apartamento gracias a uno de sus colegas, Babak (Babak Karimi), con quien preparan el montaje de Muerte de un viajante. Emad y Rana esperan que la nueva vivienda sea el hogar de una naciente familia. Continúan, pues, sus vidas rutinarias: Emad, profesor en un colegio de día, actor de noche, Rana, dedicada a organizar la vivienda y a la actuación. No obstante, la violencia irrumpe. Una noche Rana deja entrar por error a un desconocido que la asalta (lo que exactamente ocurre queda envuelto en una bruma de misterio). Por causa de sus heridas, Rana es llevada al hospital. Solo entonces la pareja se entera de que la anterior arrendataria era una prostituta que atendía a su clientela en el apartamento. El evento trastoca la vida de ambos. El viajante usa el drama íntimo para estudiar los cambios de los protagonistas y para mostrar las contradicciones de la sociedad iraní. Y así como en lo primero la película es contundente, al introducir lo segundo el filme se enrarece, ya que más que una ramificación de la historia central parece haberse añadido a la fuerza esta conclusión a un relato de una naturaleza distinta.

Taraneh Alidoosti y Shahab Hosseini en El viajante (Asghar Farhadi, 2016)

Taraneh Alidoosti y Shahab Hosseini en El viajante (Asghar Farhadi, 2016)

Farhadi es un agudo observador de la vida cotidiana y sabe transformar ese día a día en una fuente dramática. Así, por ejemplo, las escenas en el salón de clases de Emad son un indicador de los cambios que sufre el personaje: el amable profesor del comienzo pasa a ser uno tiránico y distante tras el violento suceso. Los eventos cotidianos son la base sobre la que se construye el drama: una historia de cómo la aparente estabilidad se quiebra paulatinamente. Nada sobra en la narración, la cotidianeidad se incluye con fines dramáticos, pues estamos en un relato realista de dramaturgia clásica. La pareja entrañable parece no poder soportar las consecuencias del trauma y en ello se enfoca la trama. No hay soluciones fáciles en el cine de Farhadi. El viajante muestra de modo palmario la vulnerabilidad de nuestras relaciones y de nosotros, tan ingenuamente seguros y tan ciertamente indefensos. La conclusión de la historia adiciona una tragedia inesperada: el dilema de una justicia tradicionalista que busca resolver las mismas contradicciones que habitan a la sociedad iraní. De repente, el largometraje nos pone en primer plano a una sociedad machista que se aferra a códigos de valor y de vergüenza, códigos que no sirven para sanar la herida que han sufrido Rana y Emad. Esta última inclusión resulta problemática, debido a que tiende a convertir al drama realista en una alegoría desconectada de ese mismo drama. El viajante concluye con una nota estridente que no encaja con el resto de la narración.




Bien podía afirmar que es la decisión por hacer de El viajante una lectura perversa de Muerte de un viajante la que vuelve problemática a la película. Farhadi no utiliza de modo evidente a la obra de Miller. De hecho, plantea un aparente paralelo –Emad hace el papel de Willy Loman en el montaje– que encubre la manera en que la película traza un paralelo con la pieza teatral. El viajante no busca simplemente hacer una versión iraní de Miller, sino que reinterpreta esa obra dentro de las tensiones que se viven hoy en Irán. Las contradicciones entre los actos de las personas y los valores que dicen predicar son cuestiones que se señalan en ambas obras. Aun así, solamente esto se subraya en el largometraje en su tramo final, un clímax que parece sumar un nuevo drama con el que se asordina el que se venía narrando. Es difícil decir qué tanto de deliberado tiene la decisión de alterar el curso de la trama tan dramáticamente. Uno podía suponer que Farhadi nos quiere retar al quebrar el realismo para darle paso a otro tipo de drama; uno puede suponer que El viajante quiere separarse de la dramaturgia tradicional y confrontarnos con el alucinante abismo de una realidad que escapa a convenciones. Lo cierto es que esa inflexión no guarda completa relación con la historia que ha contado el filme al punto que incluso la desdibuja. Quizás ese sea el objetivo del realizador. Mostrar como la violencia desestabiliza hasta las convenciones del drama. No obstante, me inclino a pensar que se trata más bien de la incapacidad que sufrimos al no poder hacer de nuestros dramas las tragedias de antaño, de la muerte de la tragedia que diría Steiner, pues hoy estas son imposibles.

En definitiva, El viajante es un arriesgado largometraje que sucumbe a sus propias aspiraciones. Soberbio en la exposición de nuestras fragilidades, el contraste que propone al mostrar una sociedad sumergida en contradicciones no parece darle una feliz resolución al relato. Aun con ello, el cine que practica Farhadi es mucho más relevante que los correctos y algo desabridos pastiches que hoy acaparan la atención del público y las ceremonias de premios.

Felipe González.

 

Artículo inicialmente publicado en DOS O TRES COSAS QUE SÉ DE CINE.


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