Dunkerque

Póster de Dunkerque (Christopher Nolan, 2017)

Los relatos de supervivencia suelen producir fascinación. En el estilo que hoy se prefieren son “inmersiones” que pretenden que nos ubiquemos en los zapatos de los sobrevivientes. Dunkerque es un ambicioso, diestro y extenuante largometraje que pertenece a este grupo. Antes que una película de guerra, el filme narra el modo en que sus personajes buscan salvar sus vidas frente a una inminente aniquilación, lo que por supuesto permite mostrar el heroísmo y la mezquindad con que las personas reaccionan ante dicha situación. Christopher Nolan quiere presentar la experiencia cruda, quiere involucrarnos en la acción. Dunkerque a veces es más una simulación de realidad virtual, que no tanto un relato. Vívido, que no visceral, verosímil, que no veraz. Los realizadores se esfuerzan por mostrar la crudeza de la guerra en términos aceptables para que la película pueda ser vista por mayores de 7 años. Se trata de un soberbio espectáculo, chato y limitado también. No deja de ser admirable el modo en que lograr recrear el rescate de las tropas británicas, aun a riesgo de contar una historia más convencional de lo que a primera vista aparenta. Dunkerque es una película que amplifica lo que narra, una que agiganta todo, desde los héroes anónimos hasta la vibración de un avión. Incluso el más mínimo ruido es parte de un espectáculo que aturde. El filme es un éxito al sumergir al espectador en medio de la acción. Sin embargo, con ese estruendo se narra una épica tan reconocible que no es descabellado afirmar que con el paso de los días pase a ser otro espectacular relato de supervivencia más.

Tom Hardy interpreta a Farrier, piloto británico de Spitfire, en Dunkerque (Christopher Nolan, 2017)

Tom Hardy interpreta a Farrier, piloto británico de Spitfire, en Dunkerque (Christopher Nolan, 2017)

La película conjuga tres historias y tres líneas de tiempo distintas. En primer lugar, Tommy (Fionn Whitehead) intenta escapar tras una batalla perdida junto a otros soldados en el curso de una semana. En segundo, el Sr. Dawson (Mark Rylance), George (Barry Keoghan) y Peter (Tom Glynn-Carney) cruzan el canal en un bote con la misión de rescatar a los soldados que puedan durante un solo día. Por último, Farrier (Tom Hardy) busca auxiliar dicho rescate con su avión de combate en una pelea desigual con combustible suficiente para volar por una hora. Las tres historias se funden en un solo presente. A diferencia de otras películas de Nolan, el uso simultáneo de estas distintas líneas temporales tiene un transparente objetivo dramático: dosificar la tensión para que vaya creciendo hasta llegar a un clímax. En principio este ingenioso mecanismo da frutos, mas se reitera como un efecto monocorde hasta hacerse una pesada carga. Más si se tiene en cuenta que el final es previsible y no guarda sorpresa alguna. Ahora bien, al escoger el punto de vista de sus personajes, Nolan achata cualquier amago de perspectiva distinta a la que tiene un testigo preso de la acción e ignorante de sus causas. Por otra parte, los personajes no son sino la encarnación de un arquetipo, cuando no de un estereotipo. De esta manera, el largometraje hipnotiza por su sensorialidad, por la suma de efectos con que intenta imitar la realidad, y no por las tramas genéricas en la que personajes unidimensionales se limitan a cumplir con su papel. Dunkerque es la milagrosa recreación de un evento histórica pintado con una sola dimensión. De ahí que, aunque sea admirable como espectáculo, el filme tienda a agotar a medida que avanza. Sin duda es elogiable el deseo del director por llevar los formatos al límite, como su capacidad para conjugarlos para crear lo que es prácticamente la simulación de una experiencia. Dunkerque fascina inicialmente como diorama, así termine por convertirse en una experiencia monótona.

Soldados británicos en Dunkerque (Christopher Nolan, 2017)

Soldados británicos en Dunkerque (Christopher Nolan, 2017)

Con más frecuencia de lo que se supone, en el cine se reciclan los recursos que una vez se usaron. La mezcla de tres líneas temporales tiene como precursor el Griffith de Intolerancia (quien no unía 3 sino 4 líneas argumentales, distanciadas enormemente en el tiempo). La simultaneidad en Dunkerque tiene como objeto único crear una tensión que se va elevando hasta que llegue el desenlace. Nolan adapta el recurso para que se convierta en un modo de narración dramático y deja de lado las aspiraciones que procuraban enlazarlo con una visión total como ocurría en la película de Griffith. El director inglés no es ni tan audaz ni tan romántico como lo fuera el norteamericano. Su deseo, en contraste, pareciera ser capturar un momento histórico con tal vividez que nos diera la ilusión de estar resucitando un pasado ya inexistente. Y debe reconocerse que por momentos lo consigue. Pero los propios excesos limitan la película y la transforman en una sobresaliente recreación que va cansando por ese repetitivo uso de su montaje paralelo triple. Por lo demás, esta recreación da pocas luces sobre el mismo evento, pues su narrativa sirve al modelo de heroísmo de verano, uno que se satisface con narrar una Historia en que supuestamente se excluye lo político para celebrar la valentía y la perseverancia de unos buenos hombres. Una decisión política, evidentemente. En realidad, Dunkerque repite la versión oficial británica de la batalla en términos atractivos para las audiencias contemporáneas. El filme vuelve, entonces, a la Historia un espectáculo sorprendente hasta cansarnos.

Felipe González.

 

Artículo inicialmente publicado en DOS O TRES COSAS QUE SÉ DE CINE.


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