Chet Baker: vida y obra

Tuvo un don y lo desaprovechó. Su talento fue descubierto por Charlie Parker, cuya sombra de malditismo heredó. Fue la “cara bonita” del moviendo cool de los años 50 y algunos lo vieron como el rival de Miles Davis.

Chet Baker (piano), Hollywood 1954

Chet Baker (piano), Hollywood 1954

La melodía es sueño

Tuvo un don y lo desaprovechó. Su talento fue descubierto por Charlie Parker, cuya sombra de malditismo heredó. Fue la “cara bonita” del moviendo cool de los años 50 y algunos lo vieron como el rival de Miles Davis. Músico sin iniciativa profesional, su vida siempre fue a la deriva. Su genio enfermizo y seductor tenía claro que la música sólo le servía para pagar su siguiente dosis, así hasta la última.

Una vida de cine, de cine negro. La policía no había encontrado indicios de crimen. El suicidio era una posibilidad. La caída también. Las personas más próximas a Chet Baker en sus últimos días daban su opinión sobre las hipótesis de la muerte: “Puede que olvidara sus llaves y quisiera entrar por la ventana, fue un accidente”. “Había muerto voluntariamente. Fue el último gesto romántico de alguien que en vida se había comportado como diabólicamente humano”. “No fue un suicidio, fue una mala jugada…, Chet se merece una investigación”. “La gente siempre está dramatizando a Chet. Tenía manos fuertes, hombros fuertes, era capaz de defenderse incluso drogado”… “Qué pena, bua, bua, bua. Ese tipo le ganó la baza al diablo durante veinte años. Tendría que haber muerto de sobredosis, alguien tenía que haberle pegado un tiro, debería de haberse matado en coche”. Ámsterdam, madrugada del 13 de mayo de 1988, su cuerpo yace en la acera.

En 1940, Chettie (su apodo cuando niño) y su madre (Vera) emprenden un viaje de 2.300 kilómetros desde las praderas de Oklahoma hasta California para encontrarse con su padre. El autobús se dirigía al Oeste por la Ruta 66. El nuevo hogar familiar se alzaba en un tranquilo barrio residencial rodeado de colinas. Chetti empezó a ir al colegio y a demostrar su destreza musical. Mientras Doris Day prepara su colada en una lavadora de última generación, Charlie ‘Bird’ Parker, con una salud ya muy deteriorada, ríe por última vez delante de un televisor ante un ridículo show televisivo.

Estamos en los años 50. Frente a frente las dos Américas: la exportable way of life de sofisticados electrodomésticos y el antagonismo negro e incómodo que inspira y enferma a la vez a un arte imperdurable. Jazz y literatura malditos, el bebop y los beatniks. Chet Baker empieza su carrera en Los Angeles junto a Charlie Parker. Jazz del Este y jazz del Oeste, “los negros grandotes contra los blancos pequeñitos”. En uno de sus habituales desplantes a Dizzy Gillespie, debidos a su adicción a la heroína, Parker tuvo que hacerse acompañar de un joven trompetista de frágil belleza masculina, en la línea de James Dean.

Chet Baker en USA, Circa 1950

Chet Baker en USA, Circa 1950

Moderno y enrollado: cool

Eran los tiempos felices del elegante y sofisticado cool jazz (“no es ninguna alternativa, sino el mismo rollo de siempre, otro saqueo a la cultura negra”, dijo Miles Davis de un estilo que él fundó en The Birth of the cool, entre 1948-50) cuando Marilyn Monroe y Robert Mitchum acudían a ver en Los Angeles a Chet Baker tocando con Gerry Mulligan. Ambos se soportaron lo justo para pasar a la historia con el disco Gerry Mulligan Quartet. Gracias a los estudiados arreglos de Mulligan, en apenas tres minutos llenos de frescura se condensaba refinación tímbrica, un bien trenzado contrapunto melódico de saxo y trompeta y una eficiente (Bob Whitlock) y mestiza (Chico Hamilton) sección rítmica sin piano. Bernie`s Tune, Walking shoes, Frenesi, Tea for two o Freeway sobresalen en el repertorio.

Con esta grabación echaba a andar el sello discográfico Pacific Jazz, el más representativo de un estilo al que el trompetista-estrella también pondría voz e iconografía. El célebre fotógrafo William Claxton lo inmortalizó en la cumbre de su fama, en 1954. Su foto en la cubierta del álbum Chet Baker sings supuso un asombroso éxito de ventas: las jovencitas lo compraban por la portada.

Por si fuera poca la popularidad que alcanzó en los tabloides de la época, de Este a Oeste, Baker también aparecía como mejor trompetista en las listas confeccionadas por la revista Down Beat por delante de Dizzy Gillespie, Clifford Brown e incluso Miles Davis (que nunca le perdonó ser la cara bonita del cool jazz y que le compararan con él por la suavidad del sonido: “tocaba incluso peor que yo cuando yo era un yonqui espantoso”). El jazz de Nueva York, el que salía del Birdland, no respetaba a estos chicos sofisticados del cool, tan blancos y tan blandos (Horace Silver, miembro del grupo de Miles a principios de los 50 dejó dicho: “No soporto a ese jazz maricón, a ese jazz sin… sin agallas. Y lo que más me desanima es que ese jazz maricón está teniendo más popularidad que el jazz con verdadera alma”). La Costa Oeste era vista “como un símbolo de opulencia blanco, desprovisto de lucha y de dolor”. Nunca le perdonaron haber llegado a lo más alto y jamás se sintió relajado en el escenario: “vienen a ver si toco algo vulgar o la pifio”. El sol de California no tenía cabida en el Birdland.

Chet y Carol Baker

Chet y Carol Baker

El fin de la época dorada

Pese a las advertencias de ‘Bird’, su protegido calló en la heroína. A Chet le encantaba la sensación que le producía el caballo. Nunca nada ni nadie, incluida la música, le dio una sensación de placer semejante. En 1959 compartía jeringuilla con el también trompetista Lee Morgan, aunque no se llevaban bien. “Si le dabas la espalda a aquel tipo un segundo, se chutaba toda la mercancía”, se quejaba Baker. Tras ser detenido en varias ocasiones en esquinas de Harlem donde a menudo esperaba a su camello (un blanco en semejante entorno no pasaba desapercibido), ingresa en prisión por primera vez acusado de tráfico de drogas. En Rikers Island, en el East River de Manhattan, había tipos duros. Baker, con su aspecto de niño bonito blanco, era una presa fácil para los booty bandits, homosexuales violentos que violaban a los presos más débiles. Buscó protección compartiendo la celda con un negro del que diría, ya en libertad, “ese tipo me quería, me quería de verdad”.

Mucho más poético fue su paso, en 1961, por la cárcel de Lucca, en Italia, donde era todo un ídolo: las drogas, por desconocidas, tenían glamour. Baker representaba lo que Fellini en La Dolce Vita veía como un frenesí dantesco de decadencia moral y espiritual. Por las calles empedradas de Lucca, ciudad medieval de la Toscana, se decía que una bella melodía salía de las paredes de la cárcel y recorría las calles del pueblo enamorando a las parejas. Canto de sirenas…



En 1965 le ofrecen realizar un disco homenaje a Billie Holiday, fallecida en 1959. El resultado sería Baker`s Holiday (Emarcy). Decía de la cantante que le encantaba porque “nunca levantaba la voz”. Baker se acercó al mundo de Holiday desde un delicado lirismo impregnado de blues, pausando cada una de las palabras y alargando las líneas melódicas. Menos famoso que el disco Chet Baker Sings, por cuya portada suspiraban las jovencitas diez años antes, esta grabación nos muestra al mejor Baker cantante (emulando la línea crooner de Sinatra o Mel Tormé) y tocando el fliscorno en toda la sesión (vendió su trompeta días antes…).

Su vuelta causa expectación en el ambiente musical estadounidense, también asociada a su trayectoria morbosa: la hipocresía que siempre denunció. Pero para entonces, el jazz y la sociedad americanas han cambiado: son los tiempos del amor libre y del jazz eléctrico; Baker y sus canciones románticas son un fenómeno chapado a la antigua. En 1977 graba The best thing for you, fue su última oportunidad en el mercado estadounidense. A gran nivel, en este trabajo vuelve a demostrar sus facultades innatas y una versatilidad que en el largo tema El Morro lo acerca al desarrollo de jazz fusión de Miles Davis. El esfuerzo de la compañía Verve se traduce en una producción de estudio dividida en dos partes (You can`t go home/ The best thing for you), que cuenta con grandes músicos: John Scofield, Tony Williams, Kenny Barron, Ron Carter y un enfermo Paul Desmond. Inolvidable versión de If you could see me now. La peligrosa vida que llevaba en Nueva York provocaría, poco tiempo después, su expulsión de los Estados Unidos.

Chet Baker en concierto con un micrófono Philips EL6030

Chet Baker en concierto con un micrófono Philips EL6030

El refugio europeo

Renegando de su patria hasta sus últimos días, vuelve a Europa, donde su mala fama y las falsificaciones de recetas le obligan a errar de país en país (tuvo que abandonar Alemania, Inglaterra y Francia) hasta llegar a Holanda, el paraíso: un país que vive 24 horas de fiesta, 365 días al año”: su exilio de drogadicción favorito. El sonido de su trompeta, indeciso entre el lirismo frágil y la melancolía opresiva, se había hecho más conciso y penetrante, produciendo una atmósfera envolvente y conmovedora. La voz ya era un susurro desdentado plagado de sibilantes. Pese a sus carencias técnicas y a unas arrugas que dibujaban surcos profundos en su rostro, el Chet Baker de los ochenta aún poseía esa complicidad que hipnotizaba al culto público europeo. Entre 1983 y 1988 (los últimos años de su vida), de la mano del pragmático y eficaz manager holandés Wim Wigt, la vida de Chet Baker se había convertido en “una borrosa sucesión de viajes en avión y coche, actuaciones y sesiones de grabación”.

Entre sus abundantes producciones de esta época destaca A Time goes bye (Timeles Records), título grabado en 1986 en Holanda y comercializado en 1990. En él, Baker se encuentra de nuevo con el exquisito pianista Harold Danko, un fiel aliado ya en los setenta. As time goes bye (Casablanca), Round MidnightYou`d be so nice to come home toWhen she smiles o I am a fool to want you completan un disco refinado e íntimo, de una implicación emocional directa. La quintaesencia del último-gran Chet Baker queda aquí inmortalizada en un repertorio perfectamente escogido para las cualidades del músico. Fragilidad que hipnotiza, romanticismo teñido de melancolía y nocturnidad, la grabación no estuvo carente de problemas asociados con su precaria salud, aunque se pudo terminar con el esfuerzo de todos.

En esta época se graba el documental sobre su vida Let`s get lost, dirigido por el morboso admirador Bruce Weber. En él, previo pago de un dinero al que Baker le dio el debido uso, no se escatimaban detalles de su caos vital. La música, no así la voz, quedaron en segundo plano en una cinta que fue nominada al Oscar en 1989 y que llegó a Cannes rodeada de una expectación a la altura de la sombra que Chet Baker arrastraba tras él.

Chet Baker y Dianna Vavra, Brussel 1986

Chet Baker y Dianna Vavra, Brussel 1986

La larga caída

Fue un músico sin iniciativa. Nunca tomó las riendas ni de su obra grabada ni la de los proyectos que le salían. Su carrera siempre fue a la deriva. Hubo un momento, no muy tardío, en que tuvo claro que la música sólo le servía para pagar su adicción. Si Chet tenía “la constitución de un toro”, dijo de él una de sus parejas en una ocasión, otros no tuvieron tanta suerte. La lista de personajes caídos en la droga a su paso es impresionante: Dick Twardzik (lamentó mucho la pérdida de este joven genio del piano que le acompañaba a mediados de los 50), Phil Urso, Tadd Dameron, Bob Whitlock, Jacques y Micheline Pelzer… Pese a esa estela letal, una vez salvó al desagradecido Stan Getz (otro músico destacado de la era cool) de un viaje de heroína sin retorno, al irrumpir en un cuarto de baño mientras el saxofonista sufría una sobredosis. Dos décadas más tarde, ya en los ochenta, durante una gira forzada más por el interés de reunirlos de nuevo frente al público que por las ganas de coincidir ambos en un escenario, Stan Getz (limpio de toda adicción) abandonó a Baker en un aeropuerto diciendo: “no quiero saber nada de este yonqui ni de lo que lleva en su maleta”.

Su delicada música salía de una persona insegura y sin apetitos intelectuales. Condicionado por la fuerte figura de su madre, posiblemente alimentada por un complejo de Edipo desde su infancia, sus tormentosas relaciones con las mujeres se basaban en conseguir la protección que reclama un ser desvalido y de rostro angelical bajo el que se escondía una persona despiadada y manipuladora. Dos de sus relaciones sentimentales más relevantes se enfrentan en la memoria del músico. Chet se desentendió de su mujer y madre de sus dos hijos, Carol Baker. Las intenciones de ésta siempre estuvieron más pendientes de la recaudación de derechos que de la persona. En cambio, Ruth Young, una de sus amantes más duraderas, aporta en sus testimonios veracidad en la balanza entre la miseria y el poder de fascinación del personaje.

Chet Baker- Lets get lost USA 1988

Chet Baker – Lets get lost USA 1988

Cercana ya su muerte, la carrera de Baker trascurre en Europa, el último reducto en el que aún se reconocía su arte. Y por su puesto en Italia, donde era idolatrado desde los primeros años 60 y adónde volvería una y otra vez. Allí se encontraría con un pianista que ya le acompañaba a finales de los setenta. Elegante y sofisticado, hábil en los tiempos lentos y en la lectura melódica que Baker requería, Enrico Pieranunzi, en la mejor escuela de Bill Evans, graba con el trompetista varios discos.

En 1987, en Roma, el líder de Silence (Soul Note) es Charlie Haden, un título recurrente del contrabajista. Este cuarteto de auténtico lujo se completó con Billy Higgins en la batería. A Baker no le gustaba acompañarse de percusión en esta época, decía que él tenía el ritmo en su cabeza, que para qué necesitaba una batería; “además, maldita sea, hacen mucho ruido”. El toque de Higgins, preciso y esquemático y a la vez de un swing aterciopelado y cadencioso, se amoldó a las mermadas capacidades de Baker. En la elección de estándares no falta Round Midnight (muy versionado por él en esa época) y su canción preferida, My Funny Valentine.

1988. La sensual laxitud de su sonido apenas es ya un triste susurro. El genio se apaga. My foolish things y sobre todo My funny Valentine fueron las canciones que definieron la poética grotesca, la bohemia enfermiza del “Rimbaud del jazz”. Talento, seducción, admiración…, el mito se nutre de su cara opuesta, la decadencia sin fondo. Las miserias, que fueron muchas, tan sólo se ven superadas por sus esporádicas virtudes, principal y puntualmente musicales.

Durante dos días se desconoce su paradero. Su cuerpo yace en la acera. La ventana de su hotel queda justo encima. La melodía se desvanece en la noche.

Testimonios extraídos de Deep in a dream. La larga noche de Chet Baker. James Gavin. Reservoir Books/Mondadori 2004.

Jesús Gonzalo.

 

Artículo inicialmente publicado en NOISELF.


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