Café Society

La película número 47 de Woody Allen nos lleva al Hollywood idealizado de los años treinta, la época dorada de los grandes estudios, para retratar la opulenta y superficial sociedad del Star System

Jesse Eisenberg y Kristen Stewart en Café Society (2016)

Jesse Eisenberg y Kristen Stewart en Café Society (2016)

La película número 47 de Woody Allen nos lleva al Hollywood idealizado de los años treinta, la época dorada de los grandes estudios, para retratar la opulenta y superficial sociedad del Star System cuya moral narcisista se adueña de cada individuo en la tierra en la que los sueños se transforman en ficción a través de una cámara, es el caso de Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg) que viaja hasta la meca del cine para labrarse un futuro con la ayuda de su tío Phil Stern (Steve Carell), un magnate de la industria, para ello tendrá que abandonar a su familia judía en la Nueva York de la gran depresión, repleta de competentes gangsters y clubes de jazz donde cada noche se daban cita figuras como Duke Ellington o Benny Goodman dando comienzo a la era del swing. El genio de Brooklyn vuelve a demostrar una vez más, como ya lo hiciera, por ejemplo, con la alta sociedad pseudo-intelectual de Manhattan de finales de los setenta (Manhattan, 1979) o la “generación perdida” en la cuna del arte del París de los años veinte (Midnight in Paris, 2011), que posee un gran talento para radiografiar las sociedades de una época añadiendo su visión particular, no exenta de sátira, pero que rezuma melancolía y nostalgia por los cuatro costados.

Allen construye un relato que nos habla sobre la imposibilidad del amor idílico, la búsqueda de la felicidad real, las expectativas vitales, el éxito y el fracaso. Todo fluye entre la esperanza y la ternura, el pesimismo y la resignación, temas que se sirven de la comedia sofisticada como medio de transmisión, sin dejar de lado el uso de algún que otro chiste mordaz e irreverente sobre el judaísmo, el sexo, Adolphe Menjou y su colaboración con la caza de brujas, o el mismísimo Errol Flynn y su predilección por las menores de edad; un autor sin tapujos porque nunca los ha tenido, sin duda una de las claves del éxito de su carrera. Un film que sin alcanzar ese grado de agudeza nos remite a sus obras románticas por excelencia con la diferencia de que en esta ocasión muestra un refinamiento mayor, engranando cada elemento narrativo con la sabiduría propia del genio, aunque paradójicamente la genialidad se vea lastrada por ese carácter perfeccionista en el que cada chiste elocuente actúa como golpe de efecto perfectamente medido en la escena, los ingeniosos giros argumentales hacen que el ritmo en general no decaiga, o el uso de un narrador omnisciente (con la voz del propio Woody) otorgue cierto lirismo a la imagen. Todo funciona como la maquinaria de un reloj, como las películas del Hollywood clásico a las que se hace referencia. Se echa de menos la improvisación y el riesgo de relatos anteriores.

Ese clasicismo narrativo del que hablamos consigue contagiar también la estética de la película, o más bien al contrario ya que el aspecto visual del film se ve claramente influenciado por las virtudes técnicas de Vittorio Storaro que realiza un trabajo de impecable factura, haciendo uso de una iluminación ocre muy acorde con los sentimientos utópicos que flotan en la atmósfera crepuscular de Los Ángeles, y una luz más grisácea, utilizando el claroscuro, para filmar el turbulento ambiente nocturno de las calles, pubs y clubes de Nueva York. Destacar también el trabajo de planificación con el uso de grúas que se inmiscuyen entre cada uno de los elementos de la estudiada puesta en escena contribuyendo de esta forma a que los espacios tengan una mayor importancia, o el uso de cortinillas ya tan poco habituales en la transición entre una escena y la siguiente. Si recordamos la forma de rodaje habitual en el cine clásico comprobaremos que existen claras similitudes, lo que pone de manifiesto que esa intención clasicista tanto en la forma como en el contenido quiere resultar un homenaje a todas esas películas realizadas por una industria que en su época dorada (la misma que se representa en Café Society) producía films con la misma artesanía con la que se hacían coches en Detroit consiguiendo así una perfección mecánica que coartaba cualquier tipo de libertad creativa por parte del director que no gozaba del privilegio de “autor”. Por tanto, tenemos la sensación de que Allen, en esta ocasión, se ha visto coartado por las reglas clásicas de escritura y realización cinematográfica con el objetivo de serle fiel en forma y fondo a aquella época que admira y retrata.

¿El resultado? Una obra muy metódica, con planos de auténtica belleza, como el que tienen Kristen Stewart y Jesse Eisenberg al atardecer en Central Park, que conseguirá emocionar a los que se dejen llevar por el clásico romanticismo. Un Woody Allen disfrutable pero menos suyo, de la misma forma que Interiores (Interiors, 1978) bebía mucho de Bergman o Recuerdos (Stardust Memories, 1980) de Fellini.

Juan Salinas Quevedo.

Artículo inicialmente publicado en V.O.S. REVISTA.


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