31 – Rob Zombie

Cartel de 31 (2016), de Rob Zombie

31 – Rob Zombie – Estados Unidos

Vista en retrospectiva, ‘La casa de los 1,000 cadáveres‘ se nos aparece hoy como la película más conservadora de Rob Zombie. Sus imágenes, cargadas de saturados colores brillantes, de explosiones cromáticas, hacen gala de un grado de distorsión y de histeria fragmentada que nos remite de manera automática a un universo iconográfico perfectamente reconocible para los fans de su creador. Aquel que desarrolló él mismo a través de los recargados diseños creativos del grupo White Zombie, entre el pop psicodélico y el barroquismo naïf. Que el debut de Zombie en el terreno del largometraje se acogiera a las formas instauradas en los vídeoclips que él mismo se encargó de realizar para ilustrar su música refrendaba la postura vacilante de un director que aún no confiaba en sus posibilidades como creador de ficción autónoma. No por casualidad, ‘La casa de los 1,000 cadáveres’ es la única cinta en la que Zombie incluye una canción propia. Como manera de cubrirse las espaldas, estaba apelando directamente a su nutrido grupo de seguidores, dándoles lo que, supuestamente, esperan de él. ’31’ comienza en terreno conocido: un grupo de amigos, miembros de una feria itinerante, viajan con su destartalada furgoneta a través del árido desierto. Tras las presentaciones, les vemos detenerse en una solitaria gasolinera. Desde ‘La matanza de Texas’, la figura de la gasolinera se ha convertido en un icono indispensable del American Gothic. Suele cumplir la función de primera toma de contacto de los protagonistas con un mundo desconocido al que están a punto de entrar. Una puerta, generalmente vigilada por sujetos excéntricos, que, una vez traspasada, se cierra para siempre. También puede verse como representación de una civilización que se va a dejar atrás: la gasolina como elemento indispensable para la huida.

Este inicio nos remite directamente a la mencionada ’La casa de los 1,000 cadáveres’, la cual funcionaba como una revisión lunática y alucinada de la película de Tobe Hooper. Pero las imágenes son muy diferentes: la tierra seca, los rastrojos, la polvareda de la carretera empapa la fotografía, remitiéndonos al estilo seco, granuloso de ‘Los renegados del diablo’, aquella falsa secuela que se asemejaba a un western infernal. Por tanto, 31 supone una mirada al pasado de Rob Zombie, una valoración de su obra hasta ese momento, casi un recopilatorio de sus avances como realizador. Es lógica esta decisión tras una obra casi terminal como ‘The Lords of Salem’, en la cual Zombie lograba de manera rotunda filtrar la referencialidad siempre clave en su carrera a través de un mundo personal que, aquí sí, adquiría autonomía propia. Era comprensible que tras un trabajo tan rotundo como este, pero que adquiría el peligroso signo de callejón sin salida, Zombie se tomara un descanso para echar la vista atrás y analizar lo que le ha llevado hasta ahí. Para coger aire antes de volver a dar un paso hacia delante.

Así, más que un relato, una historia, ‘31’ supone un viaje por el Universo Cinematográfico de Rob Zombie. No es extraño que los personajes se vean empujados a una especie de yincana mortal que a ojos del espectador adquiere la forma de un parque temático en el que cada fase, cada zona, resulta una atracción que los protagonistas tienen que experimentar. Poco, o nada, sabremos de los demiurgos que siguen la acción, los responsables del calvario que sufre el grupo, más allá de su extravagante aspecto. A partir de aquí, Zombie pone en marcha su mirada cruel del género, su habilidad para el tortuoso subrayado físico, una visión atrozmente materialista del horror, reducido a cuerpos sufrientes, carne desgarrada, huesos quebrantados en un festival de la barbarie que resulta más hipnótica por su falta de asideros argumentales. Recreando el miedo espontáneo y el susto libre de un viaje por una Casa de la Bruja, no es casualidad que, al comienzo de la película, uno de sus personajes más carismáticos, Doom Head, se dirija directamente al espectador en un largo monólogo mirando a cámara, como si fuera el guardián de la atracción en la que vamos a montar, que nos la presenta a la vez que vende sus virtudes de manera tan rimbombante como hiperbólica.

A raíz de lo expuesto, el final de ‘31’ es toda una declaración de principios: hasta dos veces Rob Zombie nos escamotea el clímax liberador, el enfrentamiento final que ha ido minuciosamente preparando. La última secuencia evidencia la ausencia de interés del director de ‘Halloween. El origen’ por lo que está contando. Una reescritura del final de Los renegados del diablo en el que la hiriente pulsión romántica de aquel ha sido sustituida por una recreación estrictamente esteticista del instinto de supervivencia. No nos importa el desenlace final, que se nos escamotea, sólo la ilustración de este, la fuerza de unas imágenes que sirven de acompañamiento, y no al revés, de una canción utilizada como emblema de valor épico del anticlímax. Los protagonistas bailando en una grabación en Super 8 y el seguimiento de su furgoneta a través del desierto como cierre sobre el que desfilan los créditos finales. ‘31’ ha sido un ejercicio de pulso visual que, pese a su generosa ración de sangre y tripas, respira un aire liviano, casi festivo. Un alto en el camino para moverse a los ritmos de una danza macabra que empieza y acaba en sí misma. Y, a continuación, vuelta a la carretera, recuperadas las fuerzas, hacia el siguiente destino que seguimos esperando con interés.

José M. García.

 

Artículo inicialmente publicado en BLOOD STAB.

 


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