Las bestias negras, de Jaime Mesa

Portada de Las bestias negras - Jaime MesaLa narrativa contemporánea en México, en particular la novela, se ha enfrentado a dos caminos: la experimentación con el lenguaje y la estructura; y la utilización de las recetas clásicas que privilegian un lenguaje funcional y personajes atractivos. En el primer caso tenemos, quizás como un ejemplo extremo, a Mario Bellatin. Obras recientes como El libro uruguayo de los muertos, que abordé en una reseña anterior, ponen en jaque el mismo concepto de novela. No hay una historia o historias a seguir; tampoco una trama que escale en tensión, sino apenas pensamientos dispersos, divagaciones fragmentarias que evaden cualquier secuencia o concatenación de hechos. Se le llama novela pero también podría llamarse “prosa”. En el segundo grupo tenemos a un gran número de escritores que prefieren no sacrificar las convenciones del género y se enfocan en temas, grandes épicas, dramas históricos, contados, todos ellos, para un público que prefiere un territorio seguro en lugar de ambiguedades. Lo que predomina en este tipo de obras es sustentar una historia que no deje cabos sueltos, que cuente de manera eficaz usando al lenguaje como una herramienta y no como protagonista.

Jaime Mesa (Puebla, 1977) pertenece a este segundo grupo. Desde Rabia (2007), su debut en la novela, pasando por Los predilectos (2014), ha explorado temas-fetiche del mundo contemporáneo: la alienación tecnológica, la búsqueda de la fama y, en el libro que nos ocupa, los entretelones del poder cultural y político. Es comprensible el interés en estos temas. Autores como Zygmunt Bauman, por mencionar a uno de los más importantes, han analizado, desde la sociología y otras disciplinas, la inestabilidad provocada por la globalización, los espejismos de un mundo en perpetuo cambio y el consumo, onmipresente en todas las esferas de la vida cotidiana, como motor e identidad. Por otro lado, en un ámbito más íntimo, la irrupción de internet en las relaciones sociales ha modificado nuestra manera de pensar y, sobre todo, de concebir nuestra comunicación. El escritor no sólo es testigo de este cambio sino que, además, ha visto cómo las nuevas tecnologías están transformando la manera de producir literatura. Curiosamente, estos aspectos casi no son usados como tema central en la narrativa joven del país.

Las bestias negras propone, de entrada, la creación de un antihéroe: Eliseo de la Sota, funcionario cultural de provincia que hace lo necesario para conservar el poder y mueve las voluntades de sus subalternos para lograr sus objetivos. Este elemento, que en las primeras páginas se plantea como central, es uno de los ganchos más eficientes para generar interés en el lector. El antihéroe es peculiar, fácilmente caracterizable y, al mismo tiempo, es un hilo conductor efectivo para una trama que no tenga muchos resquicios ni digresiones. El foco narrativo lo sigue hasta su triunfo o a su debacle. Eliseo de la Sota manipula su entorno afectivo y laboral hasta que cae víctima de su ambición y falta de escrúpulos. Sin embargo, al pasar las primeras páginas nos damos cuenta de que, a la par de sus andanzas, hay un cúmulo de personajes que reclaman su propio espacio y protagonismo. Esta característica crea una sensación polifónica en la novela: asistimos a desencuentros, pláticas, decisiones cotidianas que tocan a Eliseo de la Sota de manera tangencial. El autor, enfrascado en el seguimiento de estos personajes secundarios, dispone las minucias que conforman su día a día. El periodista, el esposo de una colaboradora, el artista que es invitado a un festival, terminan enredados en una telaraña cuyo centro es Eliseo de la Sota. Esta conformación múltiple, por llamarla de alguna forma, hace que el protagonista desaparezca en varios tramos del libro. El efecto es, a mi parecer, claro: se rompe la estructura lineal y dejamos de seguir, por momentos, las maquinaciones del funcionario. Por otro lado, la anécdota que se plantea al comienzo, y que es ancla de las demás acciones (el prestigio deshonrado de Eliseo de la Sota y el escarnio que pende sobre su cabeza), se mezcla con otros elementos y tiende a diluirse conforme transcurren las páginas. Esta propuesta, desde la perspectiva de la construcción de una novela, es natural. La narrativa de largo aliento da cabida a historias cuyos hilos se separan, entrelazan y parten en diferentes direcciones. Un cuento se hubiera conformado con resolver y redondear un solo evento. El punto crítico de Las bestias negras es mantener la tensión, el interés en una trama que tiene como principial atractivo un antihéroe que entra y sale del escenario dejando el papel principal a otros actores. Eliseo de la Sota, inmerso en una feria de mezquindades, parece, en algunos capítulos, un jugador más que mueve sus fichas dejando a un lado su responsabilidad como soporte de la trama. La tensión narrativa es sustituida por una larga serie de pasajes que sirven más como caracterizaciones que, como situaciones, que tengan un efecto inmediato en el lector.

Las bestias negras es una novela que se mueve con soltura y privilegia el ritmo de la prosa en lugar de construcciones sintácticas complicadas o metáforas deslumbrantes. Como apunté líneas arriba, el riesgo está en una estructura que tiende a uniformar acciones y personajes. La exploración de personalidades y situaciones se asemeja a los ejercicios de autores como Don DeLillo que sondean la modernidad a través de la minucia. No hay grandes épicas sino vidas minúsculas que son retratadas, con todo detalle, como si estuvieramos siguiendo en tiempo real el día a día de cualquier persona. Siguiendo este pensamiento, podemos sacar a la luz uno de los efectos que se advierten en este tipo de lecturas: se atestigua y no se califica; se cuenta desde la sutileza y no desde la peripecia. El narrador es alguien que atisba a través del ojo de una cerradura o un dios omnipresente que nos refiere, desapasionado, un universo que le es accesible y que controla a plenitud. En cada una de estas apuestas hay un precio que pagar. Quizás la concesión más importante es un tono que se aleja de lo íntimo y que tiene que convencer, necesariamente, con los enroques y las anécdotas que se conectan. En el libro que nos ocupa, la verosimilitud y exactitud ocupan el espacio de un antihéroe más estrafalario que interviene en gran parte de los sucesos para encandilar al lector.




Las bestias negras parte de lo tradicional, decimonónico diría, y muy pronto tuerce el camino. Una de las claves más evidentes es el uso de la tercena persona. El narrador omnisciente guía al lector como en los viejos tiempos y pronto se enfrenta a una estructura dispersa y fragmentaria. Este tipo de narrador, por definición, tiende a cierta objetividad y deja que acciones, diálogos y pensamientos, definan a los personajes. En la novela de Mesa hay una intención reiterada por superar los límites de esa voz. La prueba más clara es el tono en el que se narra: el escritor no sólo cuenta sino que desmenuza a sus criaturas como si fuera un ojo clínico, un microscopio que selecciona los aspectos más llamativos de las criaturas que examina. Aquí tenemos una de las principales renuncias de Las bestias negras: la objetividad. No basta situar a los personajes en acontecimientos problemáticos generados, en mayor o menor parte, por Eliseo de la Sota. La selección de palabras, la seguridad del punto de vista, dibujan con pericia a los protagonistas pero, también, los rodean de una atmósfera en la que la duda o la incógnita parecen escenarios muy lejanos. No son Eliseo de la Sota y sus víctimas los que toman decisiones sino el narrador, que conoce la historia de cabo a rabo, quien simplemente los pone a caminar en secuencias en las que incluso los diálogos son absorbidos por el tono general que se ha construido desde la primera página.

Las bestias negras, por la complejidad y la dispersión de sus historias, representa un paso adelante respecto a los primeros trabajos del autor. La velocidad de sus frases y el ritmo que conduce cada uno de los pasajes logran una atmósfera que se mantiene sobre todo a larga distancia, una vez que se ha cerrado el libro y pasan los minutos. Tocará al lector decidir si es suficiente este esfuerzo como para ignorar los riesgos que menciono y entender que el ascenso y caída del antihéroe no son lo más importante de la novela. Una anécdota que se pierde en los vericuetos de la narración, una tensión encriptada en situaciones en apariencia irrelevantes, son posiciones asumidas a plenitud por el autor. La crítica y el tiempo juzgarán. Rafael Lemus, en su reseña aparecida en Letras Libres sobre Rabia, la primera novela del autor, afirma: “parece querer demostrar que la novela puede ocuparse del presente sin tener que sacrificar una sola de sus convenciones”. En su tercera obra Jaime Mesa parece haberlo escuchado y sacrifica algunos códigos convencionales. Sin embargo, una vez emprendido el vuelo, recuerda que tiene que contar una historia y vuelve, casi por inercia, a la regla de una trama efectiva e identificable. Una posibilidad interesante, acaso ociosa considerando que una reseña no es un taller literario, sería imaginar Las bestias negras como una especie de seres oscuros, devorándose unos a otros con sus miserias cotidianas sin necesidad de un enemigo a quien enfrentar. Veremos si en sus siguientes obras el autor se acerca a esta propuesta o si regresa a puerto seguro.

Datos del libro

Título: Las bestias negras
Autor: Jaime Mesa
Editorial: Alfaguara
Año de edición: 2015
Páginas: 264
ISBN: 9786073129978
Precio papel: 30.00 €
Precio eBook: 9.02 €

Alejandro Badillo.

Artículo inicialmente publicado en REVISTA CRÍTICA.


Suscripción gratuita

Los mejores artículos de los mejores blogs sobre cine, música, literatura y otras artes.