Epigramas, un texto para el siglo XXI – Carlos Díaz Dufoo hijo

Carlos Díaz Dufoo hijo, autor de Epigramas

Leyenda de un marginal

Hablar de Dufoo hijo es enfrentarse a una red de paradojas: un libro de epigramas que en su mayoría no lo son; un autor clásico a la vez que marginal; el escritor total detrás de un sólo libro.[1] No es extraño que la escasa (aunque ilustre) crítica alrededor de su obra apenas haya esbozado un débil acercamiento a su complejidad, sin haber profundizado en ninguna ocasión. Aunque considerarlo un escritor aparentemente “al margen” parece describirlo bien, Dufoo es más que un autor fuera del canon. Es el autor más singular de la literatura mexicana.

Epigramas se publica en Francia, en 1927, al cuidado de Alfonso Reyes, quien, no obstante, dejaría pasar numerosas erratas. La edición es preciosista y con un tiraje reducido (626 ejemplares). De caja pequeña y espaciado grande, cada epigrama ocupa una página completa (o dos: de ameritarlo su extensión) y 128 páginas constituyen el total del libro. (En contraste con la edición del FCE, en donde se “amontonan” en apenas diecisiete páginas). La extensión de cada epigrama oscila entre las cinco y las 229 palabras, con una media de treinta y cinco palabras por epigrama. Sin un afán riguroso, podemos decir que por la extensión de sus fragmentos Epigramas parece más un libro de minificción, o prosa poética, que uno de formas aforísticas, pero sin pertenecer realmente a ninguno de estos casos.

La obra es recibida con gran entusiasmo por algunos de los escritores más destacados de la época (Martín Luis Guzmán, Julio Torri y Xavier Icaza), quienes lo reconocen como un caso “particular” o especial en las letras mexicanas. Esta temprana llama, sin embargo, no tardaría en extinguirse casi en su totalidad, y sólo resurgirá de manera esporádica a través de un puñado de artículos que lo mencionan de forma superficial.

No podemos dejar de considerar varias circunstancias que han alimentado el mito y el misterio alrededor de los Epigramas, paliativos todos ellos del olvido crítico en el que ha permanecido la obra de Dufoo: su limitado tiraje, su lugar de edición, el suicidio del autor, más algunas otras de carácter teórico: la dificultad de su clasificación genérica, su fuerte carga filosófica y su peculiar estructura narrativa.

Dufoo abandona toda exageración estilística propia de las tendencias literarias de su tiempo por una escritura pulcra y casi enigmática de tan concentrada. ¿Qué otra obra mexicana escrita en las tres primeras décadas del siglo XX puede presumir de casi un siglo de vigencia y de sorprender al lector de entonces, al de hace cincuenta años, al de hace treinta, al actual y, sin duda, al que le depare la posteridad?

El reciente furor por los llamados escritores secretos no es más que un intento por rectificar el olvido crítico o editorial que han padecido numerosos autores mexicanos. El caso de Carlos Díaz Dufoo hijo ocupa un lugar paradigmático en este tema, pues se trata de una de las omisiones más costosas para la literatura mexicana. Los intentos por publicarlo de manera adecuada[2] han sido infructuosos en cada una de las ocasiones. Existe un limbo crítico que, en sus momentos más afortunados, han señalado el extraordinario valor de su obra, al mismo tiempo que renuncian a un análisis detenido, a la espera de que alguien asuma esa encomiable tarea.

El justo lugar de Dufoo en la historia de la literatura mexicana es una deuda pendiente. A casi un siglo de su publicación, Epigramas continúa planteando interrogantes a sus críticos y, más increíble todavía, conserva su vigencia frente a las propuestas literarias actuales. Las características que lo marginaron en su momento son las mismas que ahora lo ayudan a instalarse cómodamente en el panorama literario más actual. De manera similar al caso de Kafka, la literatura de Dufoo tuvo que esperar una sensibilidad distinta para encontrar a sus lectores, esperar que la literatura lo alcanzase.

 

Las recepciones de Epigramas

Un interesante tema para revisar es la dificultad de las distintas recepciones críticas de Epigramas. Desde este punto de vista, bien podría erigirse como la mayor obra unigénita de la literatura mexicana, única desde cualquier punto de vista (estructura, composición, propuesta, creación, edición, etcétera).

Un libro unigénito siempre se presenta como desafío para el crítico. Al ser inexistentes –o escasas, como es el caso de Dufoo– otras obras del autor con las cuales se puede verificar un desarrollo diacrónico de estilo o temas recurrentes, el libro se cierra sobre sí mismo. El universo del autor es prácticamente hermético y todas las respuestas deben buscarse en un mismo libro.

En los años veinte, cuando el modelo de obra literaria en México correspondía (o se perfilaba) al de la novela de tema revolucionario (crear una identidad e idea de nación), un texto con las características y el argumento de Epigramas resulta francamente desconcertante. No es de extrañar que a pesar de contar con una elogiosa y emocionada recepción crítica proveniente de una de las mayores figuras literarias de la época en México, Martín Luis Guzmán, quien se atrevió incluso –en el punto más eufórico de su reseña– a sugerir Epigramas como obra pionera de un nuevo género en la tradición de la literatura mexicana, la obra de Dufoo no tuviera una resonancia más allá de su círculo de amistades (sobre todo el de El Ateneo de la Juventud y el grupo Contemporáneos). Aunque ninguno de sus primeros críticos subestimó o dudó en exaltar la calidad e innovación que exhibía Epigramas, se trataba simplemente de un objeto precioso pero inútil en su contexto histórico-literario, una obra sin tradición o descendencia posible.

La crítica más obtusa continuará insistiendo, con incansable afán genetista, en relacionar Epigramas con obras de la época que sólo de forma aparente comparten rasgos, tales como Campanillas de plata, de Mariano Silva y Aceves, o Cartones, de Alfonso Reyes. Es necesario desistir de la cómoda tentación de “domesticar” Epigramas y reconocer la radicalidad del proyecto de Dufoo, tan distinto al resto de las obras de su época. Más provechoso y acertado sería comparar la obra de Dufoo con la de escritores europeos, inclusive latinoamericanos, de su tiempo tales como Kafka (Aforismos de Zürau), Ramos Sucre u Oswald de Andrade.

Las peculiares características de Epigramas invitan a un acercamiento que descontextualice el texto. La brevedad, la ironía y la variedad de géneros –algunos tan actuales como la minificción– invitan a olvidar la fecha en que fue publicado. Es, de hecho, la literatura que se engendra después de Epigramas la que ayuda a su recepción y lectura. Como lo señalara Borges respecto a Kafka, Dufoo inventa a sus precursores.

Si las inquietudes de Dufoo son totalmente distintas a las que muestra la literatura mexicana de su época, se debe en gran medida a sus influencias, provenientes de una combinación de filosofía presocrática, nietzscheana, completado por un profundo pesimismo ante la vida. El sentir de Dufoo no encaja en una búsqueda de identidad nacional. El suyo es una mezcla que, de manera fortuita, se adelanta al sentir generalizado de la postguerra: la decepción del hombre.

El que Epigramas se preste a ser comparado tan cómodamente con fuentes antiquísimas de la literatura y la filosofía (cuando acaso esta frontera no era tan marcada), Heráclito, o con uno de los pilares de la revolución literaria del siglo XX (Kafka), persiste como uno de sus rasgos esenciales. Pareciera que la literatura de Dufoo se renueva con el paso del tiempo y que Epigramas está más cercano al lector actual que al de comienzos del siglo XX. Lo anterior es atribuible a que el lector del siglo XXI está bien familiarizado con estructuras textuales tales como la fragmentariedad, la brevedad o el sincretismo de géneros.

El compromiso con el espíritu nacionalista de la época, el tema revolucionario y otras tantas marcas contextuales han terminado por hacer que caduquen ciertas obras o que queden fuera del interés de un lector contemporáneo. Aun las obras más arriesgadas y de espíritu cosmopolita como Novela como nube, de Gilberto Owen; Dama de corazones, de Xavier Villaurrutia; Margarita de Niebla, de Jaime Torres Bodet, o De fusilamientos de Julio Torri, no escapan a un resabio modernista que vuelve la narración demasiado puntillosa para el lector actual.

El estilo lacónico y cáustico de Dufoo es más neutral y ha sobrellevado con mejor suerte los cambios de paradigma de la literatura a lo largo del siglo XX. Al igual que Cioran, la prosa ascética y la visión desencantada del ser humano de Dufoo han ayudado a mantener la vigencia de Epigramas. Tal parece que las cavilaciones íntimas de un solo hombre, la escritura que se confiesa con las inquietudes del alma sin pretender, de antemano, hablar al hombre de la época o a la humanidad de su tiempo, y sin tomar bandera de la causa del momento, son propias de las obras que con mayor frecuencia conservan su actualidad y sortean grandes diferencias culturales.

 

Dufoo y Torri, dos poéticas del fragmento

Son dos los temas que invariablemente se abordan al estudiar la obra de Dufoo: el Ateneo de la Juventud y Julio Torri. Íntimamente relacionados con Dufoo –la primera como escuela, el segundo como mentor–, es inevitable volver la mirada hacia estas dos instancias cuando se buscan precedentes inmediatos a un libro como Epigramas. La crítica ha insistido incansablemente en relacionar la obra de Dufoo con la de Torri, casi siempre bajo la dialéctica de Dufoo como epígono de Torri. Dicha relación, en su mayor parte, es errónea. Aunque es innegable que Dufoo y Torri poseen ciertas semejanzas, éstas han sido maximizadas al extremo; es insostenible pretender explicar Epigramas como una obra producto de la actividad del Ateneo de la Juventud o como consecuencia de la influencia de Torri, específicamente de Ensayos y poemas (1917), su única obra anterior a 1927. Lo anterior se puede afirmar al estudiar detenidamente las diferencias de estos autores en cuanto a influencias, el fragmento, la brevedad y la estructura de la obra.

Con gran acierto, Elena Madrigal sintetiza el proyecto literario de Torri de la siguiente manera: “Consecuentemente, el contacto con otras poéticas, y sobre todo la brevedad, son el par de marcas más apreciadas por Torri. Además de estos elementos, se ha reconocido su tendencia a la perfección de la frase y su habilidad para no ajustarse estrictamente a los modelos genéricos”. Fragmento y brevedad son principios rectores de la poética de Torri. El primero, entendido desde la propuesta del círculo de Jena,[3] es decir, el fragmento como motor generador de sentido: el fragmento germina en un discurso que no se desarrolla, sólo se sugiere. Los paradigmas que marcan la obra de Dufoo son la brevedad y el fragmento, con un tratamiento absolutamente distinto. Mientras que Torri construye artefactos individuales y perfectos, Dufoo busca construir una Obra: un texto que dialoga entre sí (sus distintos fragmentos) y busca un sentido general. Epigramas, al igual que obras como El libro del desasosiego, poseen una estructura abierta, en un sentido estructural, pero sumamente cerrado en cuanto a la naturaleza y sentido de los textos que la componen.

Mientras Dufoo se nutre de una raíz filosófica, Torri lo hace de la literatura (francesa e inglesa, sobre todo). La escritura de éste –imbuida de fuerza narrativa– es más amable que la de Dufoo, extremadamente lacónica, cruel y desencantada. Si Torri es el ejemplo máximo de la minificción y el relato brevísimo en México, Dufoo lo es del aforismo y el pensamiento concentrado.

Puede que la diferencia sustancial entre la poética de Dufoo y Torri se encuentre en que, para Torri, aún cabe la posibilidad de contar una historia, por mínima e irónica que ésta sea: la fabulación permanece como forma de agregar algo al mundo. Para Dufoo las historias sólo importan en la medida que soportan una reflexión, siempre desencantada. Dufoo no narra, señala, define, ataca, destruye, lamenta, castiga.

 

El epigrama en Epigramas

Los epigramas de Dufoo son muestras perfectas de reduccionismo narrativo, de purificación retórica que potencializa el efecto literario del texto. El mecanismo de reducción en Epigramas condensa una enorme cantidad de sentido en la menor extensión posible. Paradójicamente, el texto sugiere de manera muy definida una interpretación que, sin embargo, no es la llave de ninguna certeza sino de múltiples incertidumbres. Ese sentido, perfectamente dirigido, es la marca registrada de Epigramas, lo que lo aparta y distingue del resto de libros de formas breves.

Un fragmento como el 50[4] es un buen ejemplo de este tipo de sugerencia dufoniana: “Camina sin descanso. Sus pies sangran. Los vientos abren surcos en sus carnes marchitas. Busca el propio país, en donde nunca estuvo”. El logro de Dufoo es el mismo del editor genial: el que sustrae para ganar; el que desarticula la estructura narrativa hasta dejar únicamente lo esencial. El lenguaje brilla en Epigramas no por su voluptuosidad o superabundancia sino por el lujo de su austeridad.

La pertenencia de Epigramas a este género, en tanto tradición discursiva, es difícilmente rastreable. Dejando fuera la tradición formada a partir de la publicación de los Epigramas (1961), de Ernesto Cardenal, cuya influencia es decisiva en el resurgimiento del género en la literatura mexicana, no existen antecedentes de epigramas modernizados a la manera que Dufoo lo hace[5]. No hay una tradición discursiva del epigrama a la que Dufoo pueda relacionarse como heredero, o por la cual hubiese sido perceptiblemente influido. En vista de lo anterior, no está fuera de lugar interpretar el título de Epigramas como un título artificial.

A la vez que lleva las posibilidades del epigrama a sus límites, Dufoo destruye el género. Quien practique el epigrama dufoniano corre el riesgo de terminar escribiendo un tipo de epitafio, diálogo, minificción, etc. Finalmente, y tal vez sin planearlo, Dufoo alcanza la poética del fragmento, divulgada por el romanticismo alemán y el Círculo de Jena.

Pese a todo lo dicho, la pertenencia de Epigramas a este género, en tanto tradición discursiva, es difícilmente rastreable. Es común que, a causa de una pereza analítica, aquellos textos que no son ubicables en una tradición literaria pasen a ser textos impuros, lo mismo que aquellos que adolecen de una falta. En el caso de Epigramas, se trata de dos: la impureza genérica y la impureza discursiva. La primera, porque se resiste a una clasificación dentro de los criterios de un solo género literario; la segunda, porque el discurso del texto se aleja de la veta anecdótica y los temas tradicionalmente literarios para, en cambio, acercarse a un discurso de carácter filosófico.




La indeterminación del género se acomoda al estilo de Dufoo (breve, agudo y sentencioso), puesto que Epigramas no cultiva en realidad éste género sino que felizmente coincide con su descripción (o definición) teórica. La auténtica tradición discursiva de esta obra yace en el diccionario (su definición y las posibilidades teóricas de ésta) antes que en otros epigramas. Así las cosas, si quisiéramos abarcar todos los fragmentos de Epigramas como distintas formas de dicho género, habría que abrir un apartado especial para el epigrama dufoniano, cuyas relaciones participarían de tantos géneros (o tradiciones) que sería igualmente provechoso designarlo aforismo, poema, o simplemente fragmento.

Dufoo tiene claro la tesis de cada epigrama. Hay allí ideas redondas y sin pérdida. Los epigramas no son una exploración del sentido a través de la lengua: el interés de Dufoo en ésta se subordina a su capacidad para transmitir una idea de forma perdurable y avasallante. No se detiene en imágenes rebuscadas ni indaga en juegos excesivos del lenguaje. Es por ello que la literatura de Epigramas no es prolija sino transparente; su lenguaje es estético a fuerza de escasez, la cuidadosa selección de las palabras da la sensación de continuo acierto, de una perfecta semblanza entre contenido y forma: “Cejijunto, solemne, con aire de continuo acierto, seguro y perfecto –tiempo de andante maestoso–, sólo le interesan las cuestiones graves: la belleza, el bien, el progreso,la ciencia”.

 

Hacia una renovación crítica: Epigramas como texto total

Es evidente la gran dificultad que la crítica ha tenido al definir Epigramas. Principalmente se debe a dos motivos: la multiplicidad de géneros y la sensación de articulación que subyace en el texto. Desde la crítica embrionaria de Xavier Icaza se vaticina cierta unidad, “habrá un ritmo que deje una sensación de que algo se persigue, de que ese ritmo los une de tal mano que forman una sola cosa”. Icaza no se equivoca con el resultado final de Epigramas. Si en algo está de acuerdo la crítica sobre Epigramas es en cierta fuerza unificadora inherente al texto como conjunto. Es digno de señalar que no obstante que la carta de Icaza está dirigida a Torri, el primero no sugiere ni siquiera una relación entre ambas poéticas. Para Icaza, se trata de dos tipos de escritura completamente distintos.

El título de Epigramas equidista entre lo concreto y lo difuso. En apariencia, no se trata de un título precisamente original para una obra literaria, pues se acude al nombre de un género para designar la totalidad de la obra. Este ejercicio común en antologías o textos de carácter misceláneo, da a entender que lo que ahí se encontrará será –naturalmente– lo que se anuncia: epigramas. El texto no tarda en defraudar tal expectativa. Poco a poco el lector toma conciencia de que algunos fragmentos no pertenecen a la misma tradición literaria. Epigramas no es un libro de epigramas. El libro huye de la indeterminación cómoda de un título prefabricado e impersonal como podría haber sido Varia invención, Notas y pensamientos, Apuntes, etc., lo que induciría a pensar en un “aligeramiento” en el proceso de producción del texto, una falta de rigor y de unidad (incluso “importancia”) rastreables hasta la concepción misma de la obra. La carencia, en suma, de un proyecto de escritura.

Con Epigramas, Dufoo desiste de hacer una clasificación exhaustiva del texto que publica. Ni siquiera intenta una corrección que precise un poco más la naturaleza del texto como habría sido de haberlo titulado Epigramas y otros textos; e incluso servirse de la segunda categoría genérica dominante: Epigramas y aforismos (a la manera de Ensayos y poemas, de Torri). Gracias a la información recuperada en distintas cartas de amigos cercanos a Dufoo (como Xavier Icaza), sabemos que no planeaba escribir un libro de género epigramático sino un libro como conjunto. Dufoo era consciente de que lo que escribía rezumaba una promiscuidad entre géneros. Con ese gesto irónico (nombrar algo por lo que no es) potencializaba las posibles lecturas de Epigramas.

Hasta ahora nadie ha querido advertir en el título un gesto lúdico e irónico; una ruptura con la solemnidad literaria y la concepción clásica de estructura textual. Si bien el tono general del texto puede parecer sombrío, su espíritu estructural es (viéndolo desde esta perspectiva) lúdico.

En un acto cercano a una de las premisas del arte moderno de comienzos del siglo xx (el engaño, abanderado por Marcel Duchamp), Dufoo nombra deliberadamente mal a Epigramas, consciente de que tal género es insuficiente para incluir la totalidad (o la mayoría) de los fragmentos que componen la obra. El engaño de Dufoo no es una burla; pero sí una impostura. Como podemos inferir de esta actitud, Dufoo es consciente de la novedad literaria que supone Epigramas; su apuesta aspira a transgredir nociones inherentes al fenómeno literario como: la unidad estructural, la relación filosofía-literatura, los géneros literarios, sólo por mencionar los más importantes.

Puede que el resultado final de Epigramas no sea un mecanismo totalmente calculado por su autor, pero es indudable que las sutiles conexiones entre los fragmentos de la obra logran una unidad significativa para la experiencia del lector. De la misma forma en que el escritor del siglo XXI confía al estilo fragmentario cierta unidad azarosa dada por relaciones inconscientes o de estilo, Epigramas apuesta por una unidad que radica en la memoria lectora.

Ciertamente, todo lo anterior supone un cambio trascendental de la óptica crítica desde la cual se analiza la obra. No obstante, es difícil no ver en fragmentos como los siguientes una confirmación del carácter irónico-lúdico que permea gran parte del texto:

  1. Cuando se convenció de que había tocado un puerto seguro, al abrigo de los vientos de la fortuna, pidió prestada una teoría social, moderada y rotunda, y compró un respetable sistema religioso que resolvía, sin sobresaltos, todos los problemas.
  1. La razón le abandona cuando necesita pensar.
  1. La incoherencia sólo es un defecto para los espíritus que no saben saltar. Naturalmente, sólo puede practicarla los espíritus que saben saltar.
  1. Era tan blando, tan blando, que para no ver en el cielo las nubes de la Discordia ponía en su ventana flores de papel, recortes de periódico y absurdos optimismos.

La crítica que subyace en estos fragmentos se dirige contra una visión racionalista y dialéctica. Epigramas combate (desde su título) la aspiración a toda certeza fundamentada en la razón y la dialéctica. El hecho de que Epigramas participe de múltiples géneros y posea fragmentos híbridos de imposible catalogación es síntoma de su ruptura con la tradición que cada género supone. Dufoo no sólo es indiferente a la forma genérica que asumen los fragmentos de Epigramas sino que busca, o le resulta inherente, esta composición difusa.

La abundancia de géneros, la brevedad extrema de algunos fragmentos; el cambio del tono irónico-doctrinal a uno de matiz modernista y de vuelta al irónico-doctrinal, puede confundir al lector de Epigramas. A pesar de ello, a estas características se le suman otras que favorecen –y hasta obligan– la lectura del texto como una entidad fuertemente unificada: la inconfundible voz que atraviesa la totalidad de la obra; la unidad temática; el espíritu desencantado y escéptico de esta misma unidad temática; la figura de “el hombre” que, con infatigable insistencia, aparece en la obra; la comunicación y la repetición de formas en algunos fragmentos y —esto hay que decirlo con mucha precaución— las características editoriales que acompañaron a la cuidada y preciosista primera edición en 1927, las cuales no se han vuelto a reproducir en ninguna de las ediciones postreras.

El sentido que se persigue en estos fragmentos parece ser el mismo (con sus distintos matices) en todos los casos: el mundo moderno ha terminado por destruir la grandeza de los mitos fundacionales de Occidente. El ideal del ser humano se encuentra en una época tan vil que no puede permanecer incorruptible. Inclusive las figuras más gloriosas sucumben ante la pobreza de espíritu de la época moderna, dando fin así a los grandes relatos:

  1. Castigo

Para que sirviera de ejemplo a los inquietos de los tiempos futuros –nuevo Prometeo–, los dioses lo inmovilizaron en medio de su ruta y le hicieron esperar, inútilmente, la muerte.

  1. En los tiempos futuros

(Al declinar el mundo. En la tienda del Expositor de las Cosas Pasadas. Frente a una muchedumbre homogénea y unánime, el Expositor muestra a Prometeo.)

–Ved, dice, a este hombre de una raza dura que, como los hombres de la Raza de Plata, engendró la Discordia y puso en los corazones el ímpetu infinito y las pasiones desmesuradas. Su sensibilidad inventa, su sensibilidad deviene. Cada día tiene un sentido más o una modalidad más de un sentido. Su inteligencia llama a cada instante nuevas inquietudes. Su voluntad orgullosa desdeña los frenos de la saludable disciplina y vive la ilusión de la fuerza eterna. Su alma creadora desprecia las virtudes menores y los paisajes domésticos, el interés de la especie y el espíritu de las razas, y sólo gusta de los sueños personales, de los proyectos únicos y del éxtasis peligroso. Pecador endurecido, jamás pudo aprender del fracaso y, caer en el surco amargo, cayó pensando en el desquite. Ved cómo, aun definitivamente vencido, brilla en sus ojos la llama terrible de la libertad, y cómo sus crispadas manos, instrumento del alma, hacen ademán de acabar con nuestros sabios conglomerados sociales, con nuestros organismos maravillosos en los que ha desaparecido el disolvente impulso individual. Este torpe rebelde piensa todavía que en la humanidad organizada puede haber alma personal.

(La multitud, indiferente, aprueba con un solo gesto.)

 

Por definición, la miscelánea en la obra de un escritor corresponde a aquellos textos que, aunque pudieron haber sido escritos con gran esmero, no forman parte de un proyecto literario definido, y casi siempre al margen de una obra principal. Para Dufoo, esa obra fragmentaria e híbrida es el centro de su obra, el proyecto literario que lo ocupó más de diez años. Si superficialmente (taxonómicamente) Epigramas coincide con las características de la obra miscelánea, su estructura profunda demuestra una incesante unión. Al igual que El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, libro fragmentario y sin embargo fuertemente unificado, escrito al margen de su producción poética y narrativa, sin embargo ocupa –visto a la distancia– el lugar central de su obra. Dufoo concentra todo su esfuerzo en Epigramas, la suma de su estilo y pensamiento se halla ahí (acaso también en su última obra de teatro, El barco). Desde esta perspectiva, la miscelánea está constituida por el resto de su obra.

Si la sensación al leer Epigramas es la de un texto inmenso, se debe a que los breves fragmentos son la concentración de discursos complejos y difíciles, con el increíble mérito de no menoscabar su potencia y multiplicidad. El libro se extiende en una red interminable de conexiones temáticas, guiños textuales, parábolas y aforismos que abren la puerta a ese texto no escrito pero insinuado en cada uno de los fragmentos. Por esto, Epigramas debe considerarse no sólo una de las obras precursoras de la experimentación literaria, sino uno de los grandes libros escritos en la literatura mexicana.

La esencia textual de Epigramas no es arbitraria o desordenada como podrían considerarse obras en apariencia similares a la de Dufoo. La fragmentariedad de Epigramas es una poética no una “falta de tiempo” o apunte al paso. La brevedad en Dufoo (como en Antonio Porchia) no es sinónimo de ligereza –al menos no en un sentido de falta de dificultad o dedicación–, sino de concentración efectiva de un discurso más largo. Dufoo trabaja la brevedad y la fragmentariedad minuciosamente, sin dejar de lado el sentido panorámico del texto como proyecto, como obra unificada.

La impresionante variedad de tradiciones fusionadas en los fragmentos hace imposible hablar de la nueva tradición que instaura Epigramas. En cada fragmento, el texto salta de una tradición discursiva a otra, sin una preocupación ostensible por respetar las características formales de cada tradición; al contrario, combinando estas características, provenientes de diferentes tradiciones genéricas.

El efecto, como conjunto, de Epigramas es el de un texto deconstruido: la afirmación y la negación, al mismo tiempo, de distintas tradiciones literarias en un corpus ya fragmentado. El texto desestabiliza los conceptos de género literario y tradición discursiva al participar en gran número de éstos, siendo la única constante el cambio y la fusión. Otro mérito suficiente para considerar Epigramas como una obra pionera en el campo.

Epigramas no busca instalarse dentro de los parámetros de una tradición sino servirse de los géneros para crear un artefacto narrativo poliédrico capaz de contenerlo todo: el fragmento.

No es necesario “popularizar” a Dufoo: hay que comprenderlo con mayor profundidad. Su lección más importante es, sin duda, la no-pertenencia. El autor de Epigramas no sólo logró escapar de la corriente nacionalista que fijó la fecha de caducidad a la obra de sus contemporáneos –tampoco se limitó a seguir una tradición literaria–: fundó una poética unipersonal, una tradición que sólo admitía a su creador como padre y heredero. La obra de Dufoo pervive porque no responde a nada más que a la profunda inquietud de un hombre frente a su intelecto.

[1] Existe otro libro de Dufoo, su magistral pieza teatral: El barco, publicado en 1931 por Contemporáneos, con un tiraje de cien ejemplares. Esta obra es crucial para entender de forma integral la literatura de Dufoo.

[2] Nos referimos a las características de la primera edición, entre las que podemos contar el título en la portada, que forma un triángulo y la disposición de un fragmento por página.

[3] Manuel Asensi ha escrito un interesante análisis acerca de la fragmentariedad y el Círculo de Iena. Manuel Asensi, La teoría fragmentaria del círculo de Iena: Friedrich Schlegel, Amós Belinchón, España, 1991.

[4] Por razones prácticas, nos referiremos a partir de ahora a cada uno de los fragmentos de acuerdo al orden de aparición.

[5] Aunque practicaron el género, los epigramas de Salvador Novo, Jaime Torres Bodet o Guillermo Prieto, no llegan a representar, ni de lejos, una renovación de éste como lo lograra Dufoo.

Edgar Antonio Robles Ortiz.

 

Artículo inicialmente publicado en REVISTA CRÍTICA.


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