El reino, de Emmanuel Carrère

Emmanuel Carrère - El Reino (2015)

Obligado a inventar

Los hombres están hechos de tal modo que quieren el bien de sus amigos y el mal para sus enemigos. Que prefieren ser fuertes que débiles, ricos que pobres, grandes que pequeños, dominantes que dominados. Es así, es normal, nadie ha dicho que está mal. La sabiduría griega no lo dice, la piedad judía tampoco. Ahora bien, hay unos hombres que no sólo dicen, sino que hacen exactamente lo contrario. Al principio no se los comprende, no se ve la ventaja de esta extravagante inversión de los valores. Y después empiezan a comprenderlos. Se empieza a ver la ventaja, es decir, la alegría, la fuerza, la intensidad vital que extraen de esa conducta en apariencia aberrante. Y entonces ya sólo queda el deseo de hacer lo mismo que ellos.

Emmanuel Carrère, El Reino

Hacia el final de la primera temporada de True detective, una serie que Carrère debió haber consumido con cierto fervor, aunque también con el ceño fruncido, desaprobándola por momentos –por momentos es, ciertamente, cursi, superficial, efectista–, los protagonistas tienen una conversación acerca de la batalla más importante e inmemorial del universo: aquella que disputan la luz y la oscuridad.

Es la última escena de la temporada, el último diálogo entre los dos detectives protagonistas, bajo un cielo tan estrellado, que pesa sobre sus almas. Allí uno de ellos sentencia: “me parece saber quien está ganando”.

Carrère, como se conoce, es también guionista de televisión y comienza su última novela, El Reino, precisamente haciendo referencia a uno de sus trabajos. Se trata de la serie francesa The revenants, en la cual participaba como guionista principal (aunque también nos cuenta que renunció pronto a ese proyecto). Como su nombre lo deja entrever, se trataba de una serie sobre muertos que regresan. Muertos vivientes, si se quiere, pero no zombis. Muertos que regresan físicamente a la vida, reconstituidos a la perfección. Es decir, regresan no como fantasmas ni como monstruos, sino como eran en vida.

Recuerdo una novela de Javier Marías que trabaja sobre esta cuestión. Sobre la inconveniencia de ese posible retorno, incluso cuando fuera deseado por los dolientes que deja atrás el difunto. En el caso de The revenants, como lo explica Carrère, se retorna rápidamente al personaje reviniente por excelencia: Jesús de Nazaret.

Esta serie de televisión es el punto de partida de la novela. Y no es accidental. Hay algo en esta novela que se parece a una serie producida por Netflix o HBO. En realidad, se parece más a su trastienda, al making off, pues el autor nos da acceso a su archivo, incluso al estudio donde, en parte, escribe este expediente.

La pregunta sobre cómo es posible que un acontecimiento como la resurrección (cierta o falsa) de un judío rebelde puede tener tal grado de influencia en las personas, dos mil años después de haberse suscitado, ocupa el centro de la obra. Para intentar contestarla, Carrère va a recurrir a una infinidad de elementos entre los que se encuentran los Evangelios, decenas de referencias eruditas –me refiero a estudios especializados sobre la época– y a su propia experiencia como cristiano, de la que mantiene unos diarios.

La primera parte de la novela, que se instala en París entre 1990 y 1993, se ocupa del periodo cristiano del narrador (Carrère mismo). Allí se nos hace saber de su fuerte formación dentro del catolicismo y de un personaje curioso, Jacqueline, su madrina, una culta y devota cristiana que lo incita a explorar con profundidad los Evangelios. El narrador, resuelto a cultivar su espiritualidad, lee obsesivamente (debería decir con fe) aquellos textos, aunque en especial el Evangelio de Juan. Su lectura es tan minuciosa que consigue llenar decenas de cuadernos con apuntes diversos, reflexiones y, sobre todo, citas del Evangelio.

Nos propone, entonces, una lección de lectura: “Ejercicio de atención, de paciencia y de humildad. Sobre todo de humildad. Porque si se admite , como yo admití aquel otoño, que el Evangelio no sólo es un texto fascinante desde el punto de vista histórico, literario y filosófico, sino la palabra de Dios, entonces hay que admitir que nada en él es accesorio o fortuito. Que el fragmento de versículo de apariencia más trivial esconde más riquezas que Homero, Shakespeare y Proust juntos. Si Juan nos dice, pongamos, que Jesús se trasladó de Nazaret a Cafarnaúm, es mucho más que una simple información anecdótica: es un viático precioso en el combate que es la vida del alma. Aunque sólo quedase del Evangelio este modesto versículo, la vida entera de un cristiano no bastaría para agotarlo.”

Lo que está en juego en esta lectura es la fe. Pero la fe no como sinónimo de creencia ciega, sino, si me permiten, como ejercicio hermenéutico ¿En qué sentido?

La hermenéutica filosófica, aquella postulada por Heidegger y Gadamer, buscaba que la tradición –la literatura clásica, nuestro pasado–, nos interpele. Gadamer piensa que la verdadera sabiduría radica en dejarse hablar por el pasado. Sin embargo, las tradiciones que le siguieron, como la estética de la recepción, intercambiaron el orden de importancia de ese diálogo, dándole un lugar dominante al lector, que va por el texto, imponiéndole los sentidos propios de su tiempo (sus prejuicios, diría Gadamer).

Esto es en cierta medida inevitable, es cierto, pero también supone un riesgo: que durante la experiencia de lectura no podamos ver más allá de nuestras propias narices. Lo que parece proponer Carrère, en contraste, es que el acercamiento a un fenómeno tan complejo como la cristiandad –un acercamiento que, por otra parte, se realiza casi exclusivamente en la lectura de los Evangelios– tome siempre en consideración la fe como uno de sus elementos centrales.

La fe cristiana, básicamente, consiste en la aceptación de que existe algo más grande que nosotros. Difícilmente un lector contemporáneo lee de ese modo, convencido de que el método lo guiará en la búsqueda de la verdad sobre el texto. Y es cierto: el crítico literario muchas veces, en su búsqueda por conquistar el sentido, cree saber más que el autor y más que el texto juntos. Nada puede estar más equivocado. El lector cristiano que se acerca a la Biblia, por su parte, no necesita buscar nada, pues el texto es ya su verdad.

De allí que la pregunta de que parte El Reino (¿cómo es que se puede creer realmente en la resurrección de un hombre?) no lo lleva por el camino que usualmente han tomado diversas indagaciones históricas de los orígenes del cristianismo, como El código da Vinci, por dar el ejemplo más conocido. A decir verdad, casi toda la información histórica que se provee en la novela parece haber sido extraída de un documental de National Geographic.[1] No hay en esta novela, y eso se agradece enormemente, teorías de la conspiración.

Los tres siguientes capítulos de la novela exploran esta pregunta, aunque basándose fundamentalmente en los Evangelios. (No necesita textos apócrifos. Su pregunta es más importante.)

Lo que mueve gran parte de esta parte de la narración es el enfoque sobre dos personajes históricos: san Pablo y su discípulo Lucas. En concreto, Carrère está interesado fundamentalmente en un pasaje contado en Hechos de los Apóstoles (probablemente escrito por el propio Lucas), durante su viaje hacia Damasco. Éste es el momento en que se le presenta Jesús resucitado.

Hasta ese momento Pablo se llamaba Saúl. Era de orígenes judíos, pero tenía fuertes influencias culturales helenísticas (sabía griego y escribió en esa lengua), como buena parte del este del Mediterráneo. La aparición de Cristo transforma su vida, al punto que se dedica a recorrer Asia tratando de llevar su mensaje a lo largo y ancho del Imperio. Pablo fue un personaje polémico para los judíos más conservadores, entre ellos Pedro, Santiago y Juan, los tres apóstoles más importantes del séquito de Jesucristo. La polémica consistía en que Pablo buscaba convertir al cristianismo a legiones de gentiles, los no judíos, a pesar de que el propio Jesús, y su iglesia, eran de esos orígenes. Esto incomodaba a Pedro que, a pesar de todo, era un judío que, en el fondo de su corazón, ansiaba la liberación del yugo romano que dominaba Judea por entonces. Jesús había sido fundamentalmente un líder anti-romano.

El hecho de que Pablo de Tarso hubiera cristianizado a gentiles, sin obligarlos a convertirse a su vez al judaísmo, lo convirtió en enemigo para Jerusalén (donde fue encarcelado), pero también, posteriormente, para Roma, donde finalmente fue ejecutado por sedición. Esto es harto conocido. Lo que le interesa a Carrère es esa escisión en la vida de Saúl, llamado Pablo. Ese momento en donde deja de ser un individuo, para convertirse en otro, y llevar a tal extremo ese segundo papel que terminaría por fundar la Iglesia Católica.

Ya en otras novelas Carrère había explorado esta cuestión. El bigote, por dar un ejemplo, trata sobre un hombre que atraviesa una crisis de fe (se ha rasurado el bigote y nadie repara en ello, incluso le dicen que nunca lo llevó), como si de repente le hubiesen revelado que la tierra no es redonda. O, si fuera cristiano, que Dios no existe.

Emmanuel Carrère posa en su casa de París

Emmanuel Carrère posa en su casa de París

La novela más importante con la que el propio Carrère trabaja en El Reino es El adversario. Llama la atención, incluso, cómo su época cristiana (aquella explorada en el primer capítulo de la obra) tuvo como consecuencia la escritura sobre ella. Tuvo tanta influencia que, explica, los cuadernos de notas sobre Romand (el protagonista de esa novela), comparte una caja con sus apuntes sobre los Evangelios. Lo que más llama la atención de Romand no era que hubiera asesinado a su familia a sangre fría, incendiado su propia casa o mentido sobre su profesión durante veinte años (le había mentido incluso a su mujer), sino su capacidad para mentirse a sí mismo al respecto, su capacidad para escindirse, a tal punto de que se volvía irreconocible para sí. Se convertía en otro, en el adversario. Esto, parece implicar Carrère, es lo que le sucede a Pablo de Tarso: “En el camino a Damasco, Saúl había sufrido una mutación: se había transformado en Pablo, su contrario. El Pablo de antaño se había convertido se había convertido en un monstruo para él, y Pablo se había convertido en un monstruo para el hombre que había sido antaño. Si el de ahora hubiera podido acercarse al de otro tiempo, éste le habría maldecido. Habría rogado a Dios que le matase, como los héroes de las películas de vampiros obligan a jurar a sus compañeros que les traspasarán el corazón con una estaca si llegan a morderles. Pero eso es lo que se dice antes. Una vez contaminado, sólo piensas en morder a tu vez, y en especial al que se acerca con la estaca para cumplir el deseo de alguien que ya no existo. Pienso que una pesadilla parecida hostigaba las noches de Pablo. ¿Si volviera a ser Saúl? ¿Si, de un modo tan inesperado y portentoso como se había transformado en Pablo, se convertía en alguien distinto a Pablo? ¿Si este otro Pablo, que tendría la cara, la voz, la persuasión de Pablo, se presentaba un día ante los discípulos de Pablo para arrebatarles a Cristo?”

Resulta interesante pensar que a Pablo le ocurrió algo parecido a lo que les ocurre a quienes se convierten en vampiros. O a quienes se infectan de un virus extraterrestre, de otro mundo, como si fuera un cuento de Phillip K. Dick, de quien Carrère escribió una fabulosa biografía (Yo estoy vivo, vosotros están muertos), y a quien se refiere constantemente en El Reino. En efecto, algo como extraído de una novela de ciencia ficción ocurre no sólo en la vida de Pablo de Tarso, sino en la de todo un imperio. De repente, un hombre (un imperio) cree que ha existido otro que ha resucitado de entre los muertos.

Todas las civilizaciones han tenido su religión. Y todas han tenido una figura, como Jesús, que marca sus cimientos. Carrère mismo se encarga de comparar una y otra vez al cristianismo con el budismo, una y otra vez, y el camino al Nirvana de Buda con el de Jesucristo. Sin embargo no consigue explicarse la lógica con la que opera el Jesús bíblico, que es como una suerte de dispositivo que deconstruye el sistema de pensamiento judaico. Lo verdaderamente inquietante en los testimonios que nos llegan de Jesús tiene que ver, otra vez, con esa escisión que propone en su doctrina. Allí se les propone a los fieles mantenerse en la pobreza, dar asistencia a los maleantes, abstenerse del conocimiento o la sabiduría, escuchar a los niños, etc. Parece todo menos un camino a la iluminación, como lo propone el budismo. A decir verdad, el Reino de los Cielos está abierto para los ladrones y las prostitutas. Para “los últimos”. No se exige virtud en el verdadero cristiano, ni siquiera benevolencia para habitar el lecho del padre.

Una de las objeciones que le tenían a Pablo, desde el bando de los judaizantes, era que no les exigía a los gentiles abandonar sus tradiciones, vinieran de donde vinieran. Para los judíos, por dar un ejemplo, la circuncisión es un ritual absolutamente necesario para formar parte del rebaño. Para Pedro y el resto de los apóstoles, resultaba inconcebible violarla. En este sentido, Pablo parecía acercarse más a Jesús. No sólo Carrère encuentra que el carácter de Pablo era quizá más parecido al de Jesús, que el de sus propios discípulos, sino que de una manera extraña pudo entender mejor que ellos el mensaje del Mesías.

La doctrina que Pablo buscaba difundir, por otra parte, parecía ser más adecuada para los gentiles que para los propios judíos. Los judíos, al fin y al cabo, tenían una vasta tradición religiosa que incluía el Gran Templo de Jerusalén, una especie de materialización arquitectónica de su doctrina. Recordemos que buena parte de la tradición judía, hasta la fecha, tiene como elemento central la ocupación de Jerusalén. Jesús, por su parte, habla de un Reino interior, uno que no tiene sitio en la tierra sino en el cielo.

Por supuesto que no se podría decir lo mismo de la Iglesia Católica que posteriormente tuvo ambiciones imperiales mucho más dramáticas que las del mundo judío.  Así y todo, para los primeros cristianos esta propuesta tuvo graves implicaciones no sólo socialmente sino como sujetos. Quizá de allí surge la necesidad del propio Carrère de entender aquellos primeros años de la cristiandad desde el punto de vista de una novela. A decir verdad, Carrère le atribuye este movimiento a Lucas, discípulo de Pablo, a quien siguió y de quien escribió buena parte de su vida en los Hechos. Lucas, a los ojos del francés, se convierte en un novelista.



Para empezar, habría que decir que Lucas no es judío, sino macedonio. Se había encontrado con Pablo de Tarso en Filipo, donde lo escuchó hablar sobre uno que había regresado de entre los muertos. Desde allí emprendió el viaje con él. Visitó Antioquía, Jerusalén, Roma. Algunos historiadores especulan con el hecho de que vio con sus propios ojos el incendio de Roma, a manos de Nerón (supuestamente). En otras palabras, había sido testigo en primera fila de la historia de los orígenes de la cristiandad y, sin embargo, re-escribir aquellos hechos, como ya lo habían hecho Marcos –a quien había leído y sobre quien practicó un palimpsesto–, no era suficiente: “El programa que se fija Lucas es un verdadero programa de historiador. Promete a Teófilo una investigación sobre el terreno, un informe fiable: algo serio. Ahora bien, apenas formulada esta exigencia, ¿qué hace a partir de la línea siguiente? Una novela. Una auténtica novela.”

¿Es posible esto? Desde un punto de vista histórico, por supuesto que no. La novela no existía como forma, y de la misma manera en que Jesús, Pablo y todos sus contemporáneos no sabían que vivían en el primer siglo de nuestra era, Lucas no podía estar escribiendo uno. ¿De qué habla entonces Carrère? Se refiere, mayormente, al procedimiento de escritura. Uno puede enterarse de lo acaecido, del orden de los acontecimientos, de su lógica. Incluso de las motivaciones que habrían motivado, por ejemplo, a Nerón a quemar su propia ciudad.  Pero sólo a través de la escritura, de lo que un novelista espera escribir, es decir, su punto de vista de las cosas. Y ese punto de vista no es solamente una opinión, una perspectiva, palabras que se usan con tanta gratuidad en nuestros tiempos. Aquel procedimiento es siempre un gesto profundamente político a través del cual procuramos entender el mundo y, si se media, transformarlo en función de ciertas convicciones.

Para Lucas, especula Carrère, no era suficiente la versión de Jesús que había leído en Marcos (un testigo de primera mano) y ni siquiera lo que había escuchado de Pablo. Este evangelista necesitaba su propia variante del Mesías para entender qué había sucedido con él, con su interior, y con ese mundo del primer siglo que había girado de forma inesperada y dramática durante el curso de su existencia. Quizá también quería entender por qué un hombre como su maestro Saúl, o Pablo, dedicó su vida a difundir el mensaje de la resurrección de un hombre, asunto que le costó una muerta sangrienta.

Éste es el mismo procedimiento que inspira a Carrère a indagar sobre la vida de aquellos a quienes había leído con tanto fervor entre 1990 y 1993, antes de escribir El adversario.

Carrère sostiene que se puede observar a ese Lucas novelista en diferentes procedimientos y mecanismos que utiliza en su Evangelio (por ejemplo, el melodrama), pero fundamentalmente en el gesto central del novelista: la invención, cuando Lucas decide contar la escena de la anunciación, con la que prácticamente empieza su Evangelio. Allí introduce a un personaje inédito, Isabel, supuestamente prima de María, que también ha sido notificada sobre su embarazo por el ángel Gabriel. Esto hace pensar que Jesús y Juan son primos, lo cual, para Carrère, es un gesto de novelista o de guionista de cine. “Estaba en la cama, o en las termas, o se paseaba por el campo de Marte cuando la idea se le pasó por la cabeza: ¿y si Jesús y Juan fuesen primos? ¡Le vendría de perlas a su tarea de narrador!”

Lo interesante de este fragmento no es solamente el hecho de que ofrece una respuesta satisfactoria para la difícil relación que tiene Lucas con Juan (enemigo este último de Pablo, su maestro), sino que pone en crisis todo lo que habíamos leído hasta allí. Salvo que, en nuestra lectura, nos sabemos protegidos por el manto de la ficción. De manera aún más grave, Carrère llama la atención sobre un fenómeno que ya había trastornado los sueños de Cervantes y de Borges: ¿y si la ficción se volviese verdad?

En el caso de Lucas, sin duda esto ocurrió (si aceptamos la versión de Carrère). La historia de occidente se construyó, en parte, sobre la base de aquellos textos. Y sin embargo en ellos no hay afán de desdibujar los hechos, sino al contrario, de traerlos a la existencia. Muy probablemente la historia de la cristiandad fue construida de ese modo. Así especulan los gurús de la teoría de la conspiración cuando afirman que la cristiandad no es más que una alegoría literario-astronómica de la pelea eterna entre luz y oscuridad. Posiblemente.

Sin embargo, para figurárnosla, para en efecto poder enunciarla, nos vemos en la obligación de inventar un Reino que, como se lee en algún lugar del evangelio, es como una semilla de mostaza en medio de las tinieblas.

[1] El propio autor confiesa sus fuentes. Una de ellas, un célebre documental francés llamado Corpus Christi.

Datos del libro

Título: El Reino
Autor: Emmanuele Carrère
Traductor: Jaime Zulaika
Idioma:
Castellano
Editorial:
Anagrama
Año de edición: 2015
Páginas:
  520
ISBN: 9788433979322
Precio en papel: 23,65 €
Precio en eBook: 9,49 €

Fernando Montengro.

 

Artículo inicialmente publicado en REVISTA CRÍTICA.


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