El piano oriental, de Zeina Abirached

Autorretrato de Zenia Abirached en El piano oriental

De ESTADO CRÍTICO.

Hace ocho años, Zeina Abirached se dio a conocer en España con El juego de las golondrinas, un espléndido álbum sobre el Beirut de mediados de los 80 lleno de creatividad y encanto. A este título le siguió Me acuerdo, Beirut, donde la artista franco-libanesa volvía a incidir en la memoria personal y colectiva para desarrollar un dibujo aparentemente sencillo, rayano en el naïf, pero en el que abundan soluciones de una estimable sofisticación.

Han tenido que pasar varios años para que tengamos nueva obra de esta autora, pero ya podemos adelantar que ha merecido la pena. El piano oriental contiene todas las virtudes de sus antecesores, elevadas a la máxima potencia. El andamio argumental tal vez sea lo más débil, pero no cabe duda de que le saca un partido tremendo: se trata de contar la historia (familiar, una vez más) de Abdalah, el bisabuelo de Abirached, que soñó con encontrar un modo de tocar el cuarto de tono oriental en los pianos occidentales.

Con este pretexto, la dibujante recrea el Beirut anterior a la guerra y aprovecha de paso para contar su propia experiencia, sus recuerdos infantiles y el modo en que su identidad se dividió entre la ascendencia libanesa y la formación francesa.

El guión es ágil e imaginativo, pero donde Abirached destapa el tarro de las esencias es con el dibujo. Como si quisiera sacudirse el sambenito de la simpleza (muchos quisieron ver en sus primeros trabajos un eco o una continuación libanesa de la iraní Marjane Satrapi), la artista despliega un catálogo de recursos simplemente impresionante.

Todo, desde los bocadillos a los fondos, desde el protagonista hasta los adorables secundarios, parece pensado y ejecutado minuciosamente, transmitiendo una sensación de libertad creativa poco menos que inusual. Pero además se encuentra la dificultad añadida de tener que dibujar la música, reto en el que muchos han naufragado antes. Pues bien, Abirached lo hace con tanta gracia, con tanta belleza, con tan sabia conjugación de esquemas y detalles juguetones, de sabor oriental y técnica occidental, que el lector queda literalmente atrapado en la historia.

Todo eso, y una reflexión de fondo. Ese bisabuelo que se devana los sesos por “dar con la tecla” que permita a la gente de todo el mundo interpretar música oriental, la invención de ese piano bilingüe, es la metáfora evidente, otra más, de la existencia desde siempre de personas que se negaban a creer que hubiera dos mundos irreconciliables, Este y Oeste, y que por el contrario sabían que el terreno del arte era el más eficaz para disolver cualquier diferencia o dificultad de entendimiento. Hoy los escenarios de todo el mundo reúnen a intérpretes de toda procedencia en un lenguaje común, pero en los años 50 –y tal vez antes– ya había gente que intuía que una argucia mecánica podría acercar a los pueblos a través de la música.

También el dibujo, lenguaje universal, lo logra. El de Zeina Abirached diluye los molestos exotismos, simplifica las diferencias, fulmina prejuicios. Y lo hace tan bien que solo falta comerse el libro para poder decir que lo hemos disfrutado con los cinco sentidos.

El piano oriental (Salamandra, 2016) de Zeina Abirached | 212 páginas | 28 € | Traducción de María Otero Porta

Alejandro Luque.

 

Artículo inicialmente publicado en ESTADO CRÍTICO.


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