El adivino Julio Verne

Julio Verne. Ilustracion de "La Vuelta al mundo en 80 días" y "Viaje al centro de la Tierra"

Artículo publicado en colaboración con el blog Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal el 29 de marzo.

Los transeúntes paseaban cerca del teatro donde iba a estrenarse una adaptación de “La  vuelta al mundo en 80 días”. Dentro, había un terrible ajetreo. Según los rumores el propio Julio Verne daba sus especificaciones acerca del decorado y del montaje.

De pronto, se escuchó un estruendo y, acto seguido, un fuerte barrito. Un elefante gris hizo su aparición derribando la entrada del teatro, al tiempo que echaba a correr calle abajo con un sujeto encaramado sobre su lomo. Este gritaba con entusiasmo más que con miedo: “Allez! Allez! Allez!”

Humano y animal aparecieron unas horas después en otra manzana. El primero no era otro que Julio Verne, quien se había subido sobre el elefante para explicar cómo quería que se representase cierta escena de la obra, pero con tan mala fortuna que, en ese mismo instante, una parte del decorado se desplomó asustando al paquidermo.

Julio Verne, desde joven, soñó con los peligros del mar y una vida llena de acción, mas, la figura dominante de su padre lo frustró, dejándole, como único escape, la ficción.

Borges afirmaba que los escritores son cobardes que, incapaces de protagonizar su historia, la escriben. En el caso del escritor francés se cumple el axioma, pero entendiéndose la cobardía como el miedo a enfrentar primero al padre que alimenta y luego a la pérdida de la zona de confort burguesa que alcanzó con el transcurso de los años y la publicación de sus novelas. Si hay algo más terrible que la pobreza es el miedo a caer de nuevo en ella.

En todo caso, esta suerte de cobardía tuvo resultados fantásticos: Julio Verne logró unificar su pasión aventurera con la científica. Y es que si fue un viajero frustrado, en mayor medida fue un científico reprimido. La necesidad de aventura, no obstante, se desahogó en escritos y la de ciencia en lectura.

Verne consumía con deleite artículos de áreas tan variadas como geología, física, biología o química, alimentando su imaginación con descubrimientos, monstruos, leyendas platónicas y máquinas extraordinarias.

Pronto, su sed de aventura y de conocimiento se fundieron creando una obsidiana homogénea de la que, poco a poco, arrancaba lascas para convertirlas en relatos, unas veces más científicos que otras.

Pero ¿cómo es que este proceso aparentemente tan simple le sirvió para predecir adelantos técnicos? ¿Era un vidente? La respuesta es mucho menos astrológica de lo que cabría esperar: Verne no predijo nada, pero sí conjeturó con la misma habilidad que un científico contemporáneo sugiere la existencia de universos alternos o partículas elementales. El secreto fue la observación atenta de los descubrimientos de su época, junto con una imaginación nutrida por libros antiguos y contemporáneos.

Julio Verne no fue un simple agorero de la ciencia, fue un visionario que supo construir conjeturas aceptables y lógicas, basándose únicamente en la observación y la lectura. Fue un soñador, sí, pero no de aquellos que se limitan a la elucubración desbocada, sino de los que derriban los límites impuestos por la lógica y el tiempo solo con imaginación y curiosidad.

José Luis Barrera.

 

Artículo inicialmente publicado en LA RUE MORGUE.


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