Déjame salir (Get Out)

Póster de Déjame salir (Get Out) (Jordan Peele, 2017)

Las reuniones sociales son el hogar natural de la sátira y el horror. Déjame salir (Get out) lo muestra de modo ingenioso e inesperado. La ópera prima de Jordan Peele es un estimulante espectáculo, ya que consigue combinar satisfactoriamente el cine de terror con un retrato ácido de las contradicciones que persisten en la sociedad de los Estados Unidos. La provocadora premisa de la que parte el director adquiere una mayor resonancia a medida que avanza el metraje, si bien el apresurado final con que concluye acaso disminuya el impacto de lo que hasta el momento había sido un punzante relato de terror. Peele reutiliza las convenciones del género para armar una pesadilla sobre una situación que hasta hace poco no había alcanzado mayor visibilidad en el cine comercial estadounidense: el horror de vivir como alguien que pertenece a una minoría oprimida, o, por decirlo de otra forma, el racismo como motivo de terror. Déjame salir se erige como una renovación de un género cinematográfico, aunque solo lo sea al apuntar a realidades que habían estado prácticamente ausentes en el cine, y no tanto por el modo en que renueva las formas cinematográficas. Su atractivo, por lo demás, reside en ser capaz de amalgamar de modo consistente distintos géneros en una pesadilla verdadera. Y en tanto es cierto que la conclusión parece llevar al relato a un terreno más convencional e inofensivo, Déjame salir sabe registrar con precisión las tensiones internas con las que nos hemos acostumbrado a vivir.

Tras unos meses de relación, Chris (Daniel Kaluuya) va a conocer a los padres de su novia, Rose Armitage (Allison Williams). Pese a que ella trata de disipar sus miedos, Chris se siente nervioso al no saber cómo reaccionaran los padres frente al novio negro de la muy blanca Rose. Al llegar a la propiedad de los Armitage, antes que desvanecerse, esos miedos van acrecentándose. Por un lado, la actitud paternalista de los padres, Missy (Catherine Keener) y Dean (Bradley Whitford), no deja de tener algo de impostado, sus comentarios, además, parecen tan venenosos como pretenden pasar por bien intencionados. Por otro, la presencia de dos empleados negros, Georgina (Betty Gabriel) y Walter (Marcus Henderson), incomoda a Chris, más cuando ambos parecen actuar como zombis sin voluntad reconocible. La visita del protagonista coincide con una gran reunión en que los Armitage celebran con todos sus vecinos (casi todos muy blancos). El fin de la semana, pues, se va convirtiendo en un suplicio, si bien el mismo Chris procura achacar los indicios de amenaza a su paranoia. Pero no se descubre nada al decir que las amenazas son reales. Déjame salir va escalando hasta llegar a su delirante revelación. La temible conspiración de la que es víctima Chris tiene el encanto y las debilidades de las conspiraciones del cine de serie B, o de las pesadillas de La dimensión desconocida. Aun cuando no deje de tener esto su encanto, la conclusión del filme lo disminuye, debido a que su poder seductor proviene de enfrentarnos con un terror que tiene como base algo real.

Uno de los grandes logros del largometraje es recrear con suma vividez el aire enrarecido de quien se encuentra atrapado en un entorno hostil. Tal como ocurre en aquellas reuniones en que una persona no ha sido realmente invitada y debe cumplir con las normas “civilizadas”, Chris se ve forzado a aparentar que no hay nada anormal en estar rodeado de personas que parecen juzgarlo por ser un extraño. Peele sabe construir un horror que surge de situaciones reconocibles; el director sabe ir acumulando amenazas que son tanto señales de alarma para su protagonista, como un retrato crudo del supuesto liberalismo de un sector de la población estadounidense. Todo ello provoca una sensación de claustrofobia e impotencia. De modo sostenido, las pequeñas amenazas se van sumando, y Chris, como tantos otros personajes de películas de terror, las desestiman, ya que supone que se trata de puras fantasías. Pero todas ellas son realesDéjame salir va más allá de los meros sobresaltos con que se condimenta a las películas corrientes de terror. El miedo y el peligro pueden localizarse en nuestras sociedades, y eso hace de la experiencia una suerte de horror doble: el del relato y el del comentario social. Peele le es fiel a la lógica del género, sin embargo; la conspiración se va revelando cada vez más extravagante hasta concluir con un desenlace que no se distingue de otros tantos filmes de horror. Déjame salir se hunde al final en el convencionalismo que había distorsionado tan ingeniosamente. Las consecuencias del provocador presupuesto se suavizan a través de un final normalizador. En todo caso, cabe señalar que la opera prima del director estadounidense lograr revelar a través del prisma del terror las contradicciones de una sociedad. El largometraje es una apuesta audaz y estimulante que transforma a convenciones que parecen fosilizadas en instrumentos con los que se puede comunicar algo urgente y vital. Déjame salir tal vez sea un retrato más preciso de la sociedad estadounidense de lo que lo son los dramas y comedias que se dedican a repetir formulismos sin mayores signos de vida. O, en otras palabras, se trata de una película estimulante por estar tan férreamente atada a la realidad, por ser una historia viva. Y esa es la razón para celebrarla, aun con sus flaquezas.

Felipe González.

 

Artículo inicialmente publicado en DOS O TRES COSAS QUE SÉ DE CINE.


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