¡Bruja, más que bruja!: En mi hambre mando yo

Emma Cohen y Paco Algora en ¡Bruja, más que bruja! (1977)

De EL FONDO DEL AIRE ES ROJO.

Las circunstancias han querido que el reestreno de ¡Bruja, más que bruja! (Fernando Fernán Gómez, 1977) llegue teñido de luto y que lo que debió ser un nuevo homenaje y celebración de la nunca suficientemente valorada trayectoria del gran director de cine que fue su autor, tras el exitoso periplo que hace un año inició El mundo sigue, tenga necesariamente que convertirse también en el melancólico recuerdo de sus otros dos protagonistas, Emma Cohen y Paco Algora, ejemplos del ingrato destino que suele aguardar a los segundos espadas en el cine español.

La reciente muerte de Emma Cohen pone en primer plano una realidad que no por poco comentada deja de llamar la atención, y es su desaparición del plano público desde su viudez, en un ejemplo de hasta qué punto ella y Fernán Gómez no conformaban una sencilla pareja más del mundo del cine, sino dos personas cuya vida parecía depender la una de la otra, visto el deterioro físico que ella sufrió y acentuó en su dedicación al director de Mambrú se fue a la guerra y con su posterior ausencia. En una de sus últimas entrevistas, el titular, no conforme con la literalidad de la entrevista pero sí fiel a su espíritu, era:

Me pasé quince años gorda para no hacer cine y cuidar a Fernando.

La muerte de Paco Algora, el pasado mes de marzo, venía después de ocho años sin conseguir papel alguno y tras haber vivido en los últimos tiempos de una ayuda de la Fundación AISGE; antes (en 1991) había abandonado su Madrid natal por la mucho más accesible localidad de Vejer de la Frontera, en Cádiz. Sobre estos hechos, elucubraba, y nosotros con él, Marcos Ordóñez en su necrológica de El País:

¿Dejó de sonar el teléfono, la pesadilla de todo cómico? ¿Le consideraron, quizás y como tristemente suele suceder, un actor de otra época?

A pesar de su precaria situación, Paco Algora nunca perdió ciertos principios, comunes con los citados responsables de la existencia de ¡Bruja, más que bruja! y de los que dejó muestra en algunas de sus entrevistas. En 1999 afirmaba:

Este oficio nunca se ha hecho por dinero. Ahora prima por encima de la ideología o el compromiso, y se rinde culto a la frivolidad, el cinismo o la amnesia. (…) Como el público no lee, no se da cuenta. 

Y en 2013 añadía:

Para mí el arte es un sacerdocio: solo se le puede servir desde el amor y la libertad. Pero esta última escasea cada vez más por los imparables recortes que acometen estas ratas.

Como contaba una de sus alumnas en el grupo de teatro que montó en Vejer, en consonancia con lo anterior, solía repetir:

En mi hambre mando yo. 

Emma Cohen y Fernán Gómez en ¡Bruja, más que bruja! (1977)

Sea como fuere, vista hoy ¡Bruja, más que bruja! provoca muchas reacciones, pero en ningún caso podemos afirmar que se trate de película fallida, desfasada o anacrónica. Es una propuesta interesante y singular, que se adentra en las supersticiones, el machismo, la explotación y la ausencia de futuro del mundo rural español y los pone en primer plano con la crudeza propia del esperpento, a la vez que le añade unas gotas de singularidad y experimentación, como siempre sucedía cuando Fernando Fernán Gómez se ponía detrás de las cámaras, y nos planta unos insertos musicales en los que se pone en evidencia el carácter de representación de lo que estamos viendo (con tanta intensidad, al menos, como en La venganza de Don Mendo –1961-); algo que si ya de por sí es propio de cualquier musical, aquí se acentúa al usar a cantantes líricos profesionales para dar voz a los “cantables” (como se le llama en los créditos iniciales, en los que el director y su coguionista, Pedro Beltrán, tienen el gesto, entre modesto e irónico, de no llamarles “canciones”) en los que los actores se limitan a mover los labios.

Por otra parte, el gran potencial de los actores secundarios añade complejidad a la propuesta, y ninguno de ellos se limita a figurar: desde una desaliñada Mary Sentpere, haciendo de bruja y alcahueta, aprovechándose de las debilidades de unos vecinos que, presas tanto de la ignorancia como de la frustración, acuden a ella buscando la improbable pócima que haga desaparecer lo que solo una despiadada revolución social puede barrer; pasando por el rostro siempre transilvánico de José Lifante, que en su breve aparición como un juez que llega, juzga y se marcha sin comprender; hasta las escandalizadas, hiperbólicas e innegablemente cómicas sentencias de Estela Delgado, que en su papel de criada omnipresente ejerce de mala conciencia religiosa de las desventuras de los sufridos protagonistas.

Siendo además una película rodada en 1976, con un franquismo vigente pero menguante, aparece una pequeña alusión a las escasas posibilidades de una pobre “negociación colectiva” entre los aparceros y el patrono, en el que una pequeña subida salarial se consigue a cambio de que los demás no se enteren. Otros aciertos de ¡Bruja, más que bruja! se centran en su potencial metafórico, en el que los encuentros sexuales terminan invariablemente rodeados de sacos de harina (entrando obviamente “en harina”) y comienzan con unas formas de excitación grotescas: en un caso, la danza sexual de un par de burros; en otro, un reconstituyente que hace enrojecer hasta la exageración los rostros de los cuatro comensales y que termina por provocar un amago de orgía, siempre matizada por el escaso apego que en este caso Fernán Gómez muestra hacia la literalidad de las imágenes. También se permite, en este océano de esperpentización, sus referentes cultos: además de la obvia alusión a Brecht cuando hablamos de distanciamiento, que en esta época era una de sus obsesiones (a ella aludió también a propósito de la menos lograda Mi hija Hildegart, estrenada un año después), aparece también el rastro de Macbeth en la sangre que no termina de desaparecer de las manos de Paco Algora.

Podemos, en definitiva, hablar de una continuación, en otro tono, de la despiadada visión del mundo rural que nos había mostrado El extraño viaje (1964) (y con su correlato urbano en El mundo sigue, 1963) en una carrera que, como la de este inagotable cineasta nacido en Lima, parece haber iniciado una explosión a cuentagotas que esperemos no se detenga en sus dos más recientes restauraciones.

Mario Iglesias.

 

Artículo inicialmente publicado en EL FONDO DEL AIRE ES ROJO.


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